Ella se llamaba Carla, por Roy Galán

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SUICIDIO - ACOSO - NIÑA - CARLA - GIJÓN - BULLYING

Ella se llamaba Carla.

No murió de una enfermedad terminal. No la secuestraron en una feria de pueblo y la enterraron en cal. Tampoco se escapó de casa con su primer novio para vender pulseras en un mercadillo europeo.

No. Carla saltó voluntariamente desde un acantilado a los catorce años de edad.

Carla estudiaba en un colegio católico llamado el Santo Ángel de la Guarda. Un colegio que favorece el encuentro con uno mismo, con su entorno y con Dios. Un colegio en el que sus compañeros de clase la llamaban bizca, bollera y la bañaban con aguas fecales.

Topacio, un ojo para allí y otro para el espacio.

Carla tenía estrabismo en el ojo derecho y se lo tapaba con el fleco. Había confesado cierto gusto por chicos y por chicas. Le gustaba Pablo Alborán y quería ser médico. También cantaba por lo bajito. Eso era en su casa…

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“La mayoría de la gente no lo sabe pero hay cocodrilos por todas partes”, por IVÁN ROJO

Es necesario un camión para transportar
un cocodrilo adulto de zoo a zoológico.

Un camión de considerable largura
pero un camión al uso, en definitiva.

Es muy probable que alguna vez
hayas adelantado a un camión
con un cocodrilo dentro de la caja.

En ninguna parte leerás Cocodrilo a bordo
pero seguro que en alguna ocasión
has pasado a medio metro de un cocodrilo.

Quizá incluso en más de una ocasión.

Un par o tres, puede que docenas.

La mayoría de la gente no lo sabe
pero hay cocodrilos por todas partes.

A veces hasta en la caja de un camión.

Vienen y van por las autopistas a 110 km/h.

Cocodrilos cruzando túneles y puentes.

Cocodrilos atravesando peajes, noche y día.

Día y noche cocodrilos en los párquines
de las áreas de servicio de todo el país.

Cocodrilos de siete metros en sus remolques
mientras el bar-rte-grill sirve una tras otra
centenares de sus hamburguesas especiales,
cuyo aroma se extiende por todo el parquin
y se cuela en el camión a través del respiradero.

Entonces el cocodrilo de turno se revolverá,
mucho más nervioso que hambriento,
en realidad todo recelo y curiosidad
ante el olor a vida con cebolla en el aire.

Si ves agitarse un camión, esa es la razón.

Son cocodrilos oscuros. Más: invisibles.

Si pudieran pensar pensarían: ¿Qué? ¿Qué?

En vez de eso hay un colmillo azul en su cabeza.

Brilla a la luz negra como una sonrisa en la disco.

Origen: “La mayoría de la gente no lo sabe pero hay cocodrilos por todas partes”, por IVÁN ROJO

Los hijos de la rana

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Si tuviera la mínima idea del porqué de todo esto no dudaría un segundo. Me largaría tan lejos del problema como pudiera y no volvería más. No sé. No sé si me limitaría a marcharme. Quizá llegará un momento en el que mi cabeza se vaya a la mierda del todo. Si llega ese día quiero matarme. No hablo por hablar, lo digo convencido: llegado el caso me pegaré un tiro en la cabeza, me dejaré caer por la ventana o me tragaré una caja de pastillas.

Llevo varios días sin salir de casa. No tengo comida, pero tampoco fuerzas para bajar a la calle. Apenas si me he movido de la cama. Me veo en el espejo de la pared de enfrente y me doy tanto asco, físico y mental, que no aguanto dos segundos con la vista fija en mi imagen. Tengo pinta de vagabundo; huelo peor que cualquiera de ellos. Cuando me levantó para ir al baño tropiezo a cada paso con latas de sopa vacías, ropa sucia y muebles volcados, los que pateo cuando no puedo más. Luego, al mear, me llega un nauseabundo olor a podrido que proviene de mi propia orina. No tengo fuerzas para lavarme, ni para comer, ni para limpiar, ni para llamar a una puta y olvidarme de todo un rato. Aunque hiciera eso, no creo que hubiera puta capaz de estar conmigo y no vomitar de puro asco.

No merezco lo que estoy sufriendo. No he sido San Francisco de Asís, pero nadie lo es y no pasa por esto. No he hecho nada para tener que estar jodido de esta forma. Es más; no creo que haya crimen entre los hombres que lo merezca. No, nadie ha pasado nunca por lo que yo. Y si alguien lo ha hecho ha sido por propia voluntad, sé que han podido elegir. Pero yo no pude hacerlo, no. Yo nací predestinado.

Soy hijo de Dios sabe qué o quién. Nací en el hospital de Arkham, Massachusetts, la noche del 3 de Agosto de 1928. Como supe mucho después, sucedió en el momento exacto en que el ser llamado Wilbur Whateley, ni siquiera un hombre, era muerto a mordiscos por el imponente perro guardián de la universidad de Miskatonic. Poco antes mi madre había llegado al hospital chorreando sangre por la vagina, sucia y drogada, sin ningún tipo de documentación que aclarase quién era. Murió mientras la llevaban a todo correr a la sala de partos. Nací de una madre muerta. La causa del fallecimiento fue una hemorragia espontánea de la pared uterina. Después de aquello, los médicos tuvieron otro problema: había que poner algún nombre en el acta de defunción. Cuando se realizaron las pesquisas pertinentes se descubrió que la chica era una puta de Aylesbury que apenas llegaba a los dieciséis años. A saber quién era mi padre. Sin embargo, al interrogar a sus compañeras, la policía descubrió que era retrasada mental y que había surgido de la nada nueve meses antes. Durante el embarazo se refería a mí como “el esperado”, y por las noches, cuando no se estaba acostando con algún viejo paleto, se sentaba sola en el porche y entonaba nanas de tono lúgubre, en una lengua que nadie conocía, mientras se acariciaba el vientre.

Me enteré de esto a los veintiún años, al llegar a la mayoría de edad. Y no me resultó extraño. Como que ya me esperaba algo así. No era una sensación racional; lo sentía. Desde que recuerdo sufro pesadillas de las que, de niño sobre todo, me despertaba entre chillidos y llantos aberrantes. En la más común de ellas me veía a mí mismo sentado en lo alto de una montaña. Desde allí era capaz de contemplar todo el territorio que me permitía la forma esférica de la tierra. A un lado había grandes y verdes selvas; al otro podía ver amplios desiertos. Y sentía que todo era mío. Mientras escrutaba aquella vista inabarcable notaba sobre mí un sonido atronador, y al mirar arriba veía nubes como el hollín que se arremolinaban a velocidad sorprendente sobre un punto del que salían relámpagos rojizos. Pero no les acompañaban truenos, sino voces inhumanas.  Eran sonidos sin definición posible, pero yo era capaz de entender lo que significaban. Mencionaban a Sub-Niggurat, a Yog-Sothoth y a Cthlhu, luego a Dagón, Kadath e Iä, y por último a mí. ¡A mí! Era entonces cuando notaba que mis manos rezumaban energía, y al mirarlas encontraba dos extremidades húmedas cubiertas de escamas y ventosas. Luego veía el resto de mi cuerpo: la piel de mi pecho correosa como la de un cocodrilo, mis piernas eran patas de lagarto cubiertas de pelo negro y áspero, y mis genitales eran desmesurados tentáculos púrpura que chorreaban por sus poros un ácido esperma azulado que quemaba la tierra. Y lo mejor de todo es que no supe de la existencia de algunos de los animales de aquel puzzle hasta mucho después.

De un tiempo a esta parte me ataca una pesadilla nueva. Me veo a mí mismo corriendo desnudo por un espeso bosque de alta montaña. Corro con ansia, como si me persiguieran, pero sé que nadie viene tras de mí. Atravieso la maleza como una bestia, paso entre zarzas y espinos sin protegerme, dejo que las espinas se claven en mi carne y la desgarren. Corro durante largo rato, sin fatigarme jamás, hasta que llego a un claro del bosque, de suelo yermo sin un hierbajo. En el centro mismo hay una especie de altar que parece llevar ahí miles de años, una barbaridad, y yo me subo encima y me acuesto en su helada superficie en posición fetal. Me siento reconfortado, agusto. Es una sensación muy parecida a la que experimentaba con mi exmujer, en la cama, al principio de estar casados y antes de que me abandonara por loco. Supone saberme protegido y sentir que en ese instante nada puede sacarme del bienestar. Luego, una mano me acaricia la cabeza con ternura, y yo sonrío y miro a quien lo hace. Sentada junto a mí, con las piernas cruzadas, está una criatura de forma humanoide pero de rasgos más cercanos a los de una rana que a los de una persona. Su mano viscosa me acaricia ya no sólo la cabeza; va bajando por mi espalda y por mi costado hasta que llega a acariciar mi sexo, y la sensación que me da es mil veces superior a cualquier orgasmo que haya tenido nunca.

Mientras me acaricia susurra palabras a mi oído, con voz melosa que me despierta una atracción irresistible, y me dice: “reposa y aguarda, vástago de los ancianos, con la paciencia del ser divino que eres, el día en que las aguas se vuelvan rojas y el día se haga noche, y entonces sube con tu prole a la cima del mundo y levanta con ella la escalinata que pisarán los Arcanos a su regreso”. Entonces me tumbo boca arriba, la rana se monta sobre mí y copulamos durante horas. El orgasmo en el que culminamos es tan intenso que no he vivido nada parecido antes. Muy, muy doloroso y muy, muy placentero. Entonces mi amante se levanta y me dice: “se acerca el día en que tus descendientes que engendraré te ayudarán a abrir la puerta que aguarda a los mismos que la cruzaron por última vez. El exilio toca a su fin. El camino está ya pavimentado con las almas suficientes. En el momento en que los eternos vuelvan al plano que les corresponde por derecho propio, tú serás uno de sus preferidos y tendrás pleno poder sobre todas las cosas de la Tierra. Regocíjate, hijo de dioses. Tu recompensa será grande”.

Recuerdo la pesadilla escena por escena y palabra por palabra, y prefiero no saber por qué.

Todos los sueños que he tenido han sido del estilo de estos dos. De pequeño todo se podía explicar por mi imaginación hiperactiva, pero yo siempre tuve la certeza de que no eran simples sueños. Eran reales. Cuando me despertaba me sentía fatigado y lo recordaba todo, como si lo hubiese vivido en carne el día anterior. Todos estos sueños siempre me dieron miedo, mucho miedo, pero este último, el de la puta rana, se repite una y otra vez, noche tras noche, y ahora sé lo que es de verdad el pánico. A eso viene todo el fatalismo del inicio, lo de que si me volviera loco me mataría. Tiene su buena base. Desde que empecé a tener el sueño pienso cosas raras, unas tonterías desproporcionadas que… yo que sé… ¿Me habré vuelto ya loco? A veces creo que me gustaría salir a la calle y liarme a tiros con todo el que me pase por delante, y lo considero muy en serio, lo juro. Gracias a Dios aún tengo la lucidez suficiente para no hacer ninguna gilipollez. Pero pienso en muchas monstruosidades más, como ejecutar un asesinato de masas envenenando algún depósito de agua con amoníaco puro. Prefiero no pensar en eso mientras aún pueda evitarlo. Sé que en algún momento empezaré a delirar, y entonces…

Pero esto no es lo único que me pasa. Los sueños y los delirios no podían ser suficiente, ¿verdad? Tiene que haber algo más que redondee la jugada, y desde luego que lo hay. Ya ni delirando ni durmiendo, me vienen a la cabeza conceptos extraños que nunca había conocido, pero que tengo la certeza de que son reales. Tengo unos soliloquios filosóficos que se me hacen inabarcables, como le ocurre a uno cuando le da por filosofar yendo borracho pero mucho más exagerado. Y lo peor es que creo comprenderlos. La verdad es que no hay palabras en ninguna lengua viva para describirlos, pero se me transfieren unas ideas descabelladas que no creo que nadie sea capaz de imaginar; significaciones de las energías del universo como entidades, poder en un estado monstruoso. Ese es el auténtico Apocalipsis. Son una especie de dioses que lo son todo y a un tiempo nada, algo así como los creadores del mundo pero que, por contra, quieren ser sus destructores. Suena a demencia, pero todo es así, contradictorio pero con un sentido aplastante. No hay palabras para explicarlo, pero yo lo entiendo perfectamente.

No sé que va a pasar mañana. Sigo en mi cama, oliendo a perro y meándome encima por no levantarme para ir al baño. Espero seguir así hasta que pase algo, que me muera o que alguien me ayude como mejor pueda, pero por Dios, no quiero volverme loco del todo, no quiero saber nada de ranas que me violan, ni de ancianos hechos de energías destructoras, y desde luego no quiero ir al puto techo del mundo a recibir a los putos ancianos. Me quedaré aquí, en mi cama, con mi pistola bajo la almohada, cargada y lista para disparar dentro de mi boca en cuanto se me ocurra levantarme. ¿Y sabéis que es lo peor de todo, pero lo peor de veras? Que tras todo lo dicho, sé que dentro de nada, días, puede que pocos minutos, cuando los ancianos me requieran, me levantaré, me guardaré la pistola en el pantalón y me iré a buscar a “mis hijos”. Caiga quien caiga.

Cuando eso ocurra tened en cuenta que ya no seré yo. De uno u otro modo, quien os habla ahora ya no existirá. Yo… os pido perdón y lamento lo que va a pasar. Lo lamento hasta el punto de volverme loco.

He vivido lo mejor posible. Intentaré que sea igual en mi muerte.

A quien lo lea:

Robert Fontaine

12 de Diciembre de 1961

.

(c) Ángel M. Alcalá

 

bajo el mismo techo

Jorge Teiller siempre.

blocdejavier

Piet Mondrian - 10
Esta noche duermo bajo un viejo techo,
los ratones corren sobre él, como hace mucho tiempo,
y el niño que hay en mí renace en mi sueño,
aspira de nuevo el olor de los muebles de roble,
y mira lleno de miedo hacia la ventana,
pues sabe que ninguna estrella resucita.
Esa noche oí caer las nueces desde el nogal,
escuché los consejos del reloj de péndulo,
supe que el viento vuelca una copa del cielo,
que las sombras se extienden
y la tierra las bebe sin amarlas,
pero el árbol de mi sueño sólo daba hojas verdes
que maduraban en la mañana con el canto del gallo.
Esta noche duermo bajo un viejo techo,
los ratones corren sobre él, como hace mucho tiempo,
pero sé que no hay mañanas y no hay cantos de gallos,
abro los ojos, para no ver reseco el árbol de mis sueños,
y bajo…

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Días extraños

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En esos días extraños en los que el viento acude
impregnado de cenizas
de maletas extraviadas de madrugada
porque alguien se quedó dormido cuando no debía
de post-its de despedida
en cualquier idioma que yo no conozca
pegados en la nevera
de recuerdos de enemigos irreconciliables
que compartieron una época la misma cama
el mismo albornoz
las mismas zapatillas de andar por casa
en esos días extraños en los que el viento
gélido que sale de las criptas
se cuela por los intersticios de la ventana de tu dormitorio
de las mantas bajo las que te refugias
de tu piel
hasta inundar tus huesos

en esos días extraños en los que te confunde la tormenta
y crees que nunca más podrás regresar a casa
deja pedazos de tu corazón por el camino
no migas de pan
ni siquiera piedras
ni palabras que el tiempo termine borrando
apenas recuerdos que a nadie digan nada
qué sólo tú detectes
bajo la luz correcta
trozos de tu corazón
que sólo respondan
a la voz de su amo.
.
.
(c) Ángel M. Alcalá

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Once again

Once again and again
hoy es nuestro día de la marmota
es algo solamente tuyo y mío
íntimamente privado
déjate de historias
el mundo es un lugar maravilloso
la vida eterna que siempre se regenera
puede alimentarnos cuanto queramos
hasta reventar
ahítos de placer
. . . . amor y carne
contigo no puedo rendirme
mientras tengamos comida
y un sitio donde poder comernos
“no necesitamos nada más”, tía
-y lo dijo Dean Moriarty
. . . . . que era el Mesías
. . . . . . . . . . y conducía todo el tiempo-
ni que nos miren
. . . . . ni que nos oigan los vecinos
ni que tu amiga venga a ver ninguna peli
. . . . . hoy no estás
mañana estaré enfermo tal vez pasado
en la calle hace un tiempo deplorable
no hagas planes para una temporada
el que yo estoy tramando contigo
nos puede llevar toda la vida
todo el esfuerzo y el sudor
que seamos capaces de arrancarnos
el uno al otro
y todo lo demás son sombras en la caverna
la cara pálida del mundo
. . . . . que nos tiene tanta envidia
-me conozco y no puedo recordar de dónde-
la realidad es otra cosa que sólo se puede ver
. . . . . al fondo de tu mirada
a dos centímetros de lejanía
la vida que promete lo profundo de tu vientre
es algo parecido a lo que quería ser de pequeño
en cierto modo
compartir tu cuerpo juntos
que me beses
. . . . . y sienta que no hay más que pedirle a la vida
atardecer eterno de abril
visto por la ventana de tu dormitorio.
.
(c) Ángel M. Alcalá

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Neal Cassidy y Catryn Casamo durante el viaje mágico de los alucinados Merry Pranksters en el bus Furthur de Ken Kesey. Verano de 1964.

Las cenizas del fénix

Aunque sepa que su muerte no es eterna
y que pronto volverán
a cobrar vida sus cenizas
aunque sepa
que se encuentra por encima del poder del tiempo
y de las leyes físicas del cosmos
el fénix tiene miedo a lo desconocido
a olvidarse de quién era
para siempre
-nunca se sabe-
de quién ha sido
y qué deseaba de la vida
qué le impulsaba a surcar la estratosfera
y a suplantar al sol en el horizonte
cada amanecer

aunque el ave fénix sabe que vivirá de nuevo
no le es posible
eludir el dolor de envanecerse

vendrá otra mañana
pero este
es el final de un sueño
que deseaba infinito.
.
.
(c) Ángel Alcalá
bird

En tiempo de guerra

Ahora que ya no existes
ahora que aquella a la que quería no vive fuera de fotos y recuerdos
y el tiempo se ha llevado tu olor de aquel pañuelo
comprendo que vi sólo lo que quise
mientras estaba contigo
aunque tú me dijeras que uno y uno podían ser miles
no me tenía que haber embobado con proyectos
tendría que haber escuchado tus silencios con más cuidado
entender tu cuerpo como entendía tu risa
al principio
aunque a veces lo veía y no quería verlo
yo lo sabía
cuando decías ayer
sabía que querías decir mañana
y mañana era silencio

pero qué podía haber hecho
qué habrías hecho tú
yo no quise tener que amarte así
en tiempo de guerra
con los ojos dolidos
por tener que mirarnos a la incandescencia de los hongos nucleares
y tener que hacernos el amor en la tiniebla
en vez de en nuestra cama

ya me hubiera gustado llevarte a Ibiza
a burlarnos de las medusas
de su baile borracho
a llorar después al pensar que quizá
fueran más felices de lo que nunca seríamos nosotros
entre millones de cosas
porque no saben mentirse
o porque ellas
pueden estar con quien desean.
.
(c) Ángel M. Alcalá

Priscilla, Jones Beach, New York City, 1969 by Joseph Szabo.

¿Quién coño es Escandar Algeet?

El Cadillac Negro

escandar

Había una vez una ciudad, una céntrica ciudad, en la que con ilusión, creatividad y juventud se empezó a fraguar algo en las letras. Habíase además en aquel reino un panorama literario bastante monótono, añejo e injusto. Y en mitad de todo aquello, había un joven (palentino) lleno de historias y talento, con sombrero, barba de tres días y perennes ojeras. Este tipo es uno de los numerosos escritores que hace unos años se propusieron (o quizás ni eso) revitalizar la poesía, una poesía urbana, callejera y canalla. Se llama Escandar Algeet. Y así, a golpe de noches de recitales, publicaciones autoeditadas, litros de conversaciones y sueños, y un buen puñado de valentía, lo consiguieron. La poesía empezó a dejar de ser ese género minoritario y anticuado para una mayoría, para copar los principales estantes de las grandes tiendas de libros; un género en el que hace años se consideraba un éxito…

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Ríen las aceras

Creo haber encontrado
y sin preaviso
la solución al enigma escrita en tu frente
y no me imaginaba lo que era
qué ciego estaba
no
no
así que ya sé qué haremos por tu cumpleaños
a dónde voy a llevarte
para que bailes
toda la noche

en alguna parte ríen las aceras
y la calle toca bebop en jam sessions
toda la noche
toda la noche

ahora
tendríamos que irnos a tu casa
que todo cambia
a cada minuto
porque ahora todo es diferente
¿sabes?
te deseo
como de pequeño deseaba ser futbolista
con la diferencia
de que ahora conozco los límites
entre realidad y sueño
y cada vez estoy más cerca de saber fundirlos

-me queda casi nada para descifrar Skynet
y poder instalarle un emulador de videojuegos
ahí verás que vicio tengo
ganamos fijo
tú tranquila-.
.
(c) Ángel M. Alcalá