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A visual look at a ghost town in New Mexico

Que suene Ry Cooder.

Hay un bar, en alguna parte de este mundo, donde podrías estar tomando café cuando llegue el extranjero. Puede ser en cualquier pueblo perdido, porque hay muy pocos lugares por donde no tenga que ir, muy pocos. Le verás entrar por la puerta y sabrás que sólo ha hecho un paréntesis en su viaje, aunque sabe muy bien dónde se detiene. Es alto y camina dando grandes pasos, pero se mueve ligero, sin hacer ruido. No mira a nadie; al principio nadie le mira. Se acerca a la barra y la camarera le pregunta qué va a tomar, mientras se da cuenta de que tiene algo raro, no sabe muy bien qué. Aún es joven, pero su mirada se empeña en echarle años. Nadie sabe quién es ni qué le ha llevado por allí. Sólo llega y sonríe medio de lado. Al principio no pide nada, no abre la boca durante unos minutos que se arrastran cansados en el reloj de la barra. La camarera no insiste y sigue a lo suyo. El caminante se gira despacio, observa el bar y a la gente. Luego se sienta en una mesa apartada, pide un café y anota o esboza algo en un cuaderno que ha sacado de la nada.

Empieza a hablar él sólo, mirando a su cuaderno sobre la mesa. Habla con voz clara y alta, con una dicción perfecta. Su timbre es tan profundo que hace vibrar las paredes. Al principio nadie le escucha, pero sin tener que alzar el volumen su voz se hace oír, va llamando a la gente. Poco a poco, uno a uno, todas las personas en el bar escuchan su historia embobados.

Los mira a todos mientras sigue narrando con golpes de voz levemente rítmicos. Sus ojos son de color castaño con un verdegris acuoso que no termina de estarse quieto, porque  en ellos se ha metido tierra de muchas carreteras en todo el mundo; un gris pardo que parece tragarse la luz, que la absorbe y la transforma en palabras. La energía ni se crea ni se destruye… Parece que ese hombre se nutre de luz, no hay nada de malo en lo que cuenta. Precisamente, sus palabras iluminan a la gente y dejan al descubierto los rincones más escondidos de todo corazón. En ese momento nadie puede ocultarse a sí mismo lo que aún le duele en el pecho. Todos escuchan las mismas palabras de boca del caminante, y cada cual entiende su propio relato, sin dobles lecturas, literalmente, palabra por palabra. El caminante se lo enseña todo, parece intentar decirles en clave que sabe la clase de muertos que guardan en sus armarios.

Se oye a una camarera maldecir cuando recuerda de pronto que el microondas sigue puesto. Nadie más se levanta ni pestañea mientras las palabras de deslizan entre ellos, se cuelan por sus oídos, se quedan como eco dentro de su cabeza y se deslizan por sus venas como éter; hasta que el caminante termina, paga, se levanta y se va.

La camarera tira a la basura una plasta de carbón que fue una ración de comida. Ni siquiera le importa. Se ha quedado mirando la puerta varios minutos, igual que todos, hasta que empiezan a adquirir consciencia de lo que han escuchado. Quieren sonreír porque se sienten extrañamente afortunados, pero hay un brillo incierto en sus ojos; están inquietos. Para algunos la ansiedad se va volviendo tan pesada que necesitan aire y se van. Además de una escena vivida todos tienen en común una desesperanza: no volverán a ver más al caminante y lo saben.

También saben que les ha dejado una historia, les ha dejado remordimientos y a cambio se ha llevado la poca inocencia que les quedaba. En silencio, notan como en sus sienes palpita la incertidumbre.

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(c) Ángel M. Alcalá

 

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