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Sabes, reina, que ya no cazo. Decidí hace tiempo dejar de matar animales que nada me habían hecho. Eran simples, amor, hermosos pero simples. Sólo corren, comen y alumbran a más de los suyos. No sufren por ser. No sufren por no ser. Y son insignificantes, más que nunca, dulce, cuando estás delante de mí.

No podría matarlos. No soy nadie.

No sé cómo podré hacer para traerte aquel unicornio que querías.

No te culpes, amor. Estabas en tu derecho de pedirme lo que fuera.

 .

(c), Ángel M. Alcalá

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