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Hoy hace un mes que mi niño me preguntó para qué servía la Navidad. Naturalmente, yo le di respuestas razonables: para que todos podamos hacer regalos a las personas que queremos, para adorar al niño Jesús, para que estemos junto a la familia, y cosas por el estilo. Lo malo es que no me creyó. Me dijo que eso no se lo tragaba ni la mona Chita, que él ya tenía dos años y medio y que hacía muy mal en tomarlo por gilipollas. Al principio me hizo gracia la carantoña, qué gracioso el niño que repite como una cotorra lo que ve en la tele, hasta que se enfadó mucho y amenazó con matarme si no le daba una respuesta lógica y satisfactoria en el plazo máximo de un mes. Fue tajante. Lo que me asustó es que desde aquel día, jornada tras jornada, mi pequeño hijo de dos años y medio –edad más que suficiente para razonar con sentido, recordemos- deja una nota amenazante en mi mesita del dormitorio, cada mañana sin descuido alguno, con puntualidad pasmosa. Entra esté yo dormido o despierto, sin importarle tal detalle en absoluto. Él entra y deja la nota, pero es que al lado pone siempre una cajita envuelta en papel de regalo. Luego se va, como si no hubiera pasado nada de nada, y cuando abro la cajita me encuentro que contiene una prenda u objeto personal mío destrozado. Al principio, cuando hallé una corbata rota, no le di demasiada importancia. Empecé a preocuparme cuando me “regaló” mi teléfono móvil hecho añicos, mi reloj de oro destrozado o mis tarjetas de crédito cortadas en pedazitos, por citar algunos ejemplos. Por supuesto que se lo comenté a mi mujer, pero ella se puso hecha una furia porque le parecía increíble que yo pensara que mi hijo era un psicópata. Ayer se enfado más aún, cuando le enseñé el regalo de turno: una foto mía en la que mi niño había dibujado con bolígrafo rojo, poniéndome sangre sobre la cara y cuchillos en la espalda. Mi mujer dijo que yo estaba loco, y sin más cogió al niño y me abandonó. Por un lado yo debería estar tranquilo, porque mi pequeño desequilibrado, rubito y guapo, de dos años y medio, está en un lugar lejano donde no puede dañarme. Pero no puede ser, yo sé que mi niño vendrá a ver a su padre.
Hoy hace un mes que mi niño me preguntó para qué servía la Navidad. No he sabido qué contestarle. Tengo miedo.

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(c) Ángel M. Alcalá

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