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Esta noche me ha visitado una mosca. No sé si ha venido de la calle o estaba escondida en otro cuarto, pero estaba por aquí, en mi habitación, haciendo acrobacias a mi alrededor. Me rompía la concentración. He estado un rato mirándola con fastidio, sólo esperando a que su vuelo pasara cerca de mi mano para cazarla. He creído que sería capaz de acertarle de un solo garvilotazo, sujetar mi dedo índice contra el pulgar, tensar el primero y apartar el segundo. Tengo unos dedos largos y delgados, como grandes son mis manos, como las de los pianistas. Estos dedos serían tan capaces de conseguir el sostenido perfecto en muchos instrumentos, tienen fuerza y flexibilidad. Eran letales a las canicas, el barreño rojo que aún guardo en el pueblo lo atestigua. He tenido la sensación de que la mosca, si se hubiera puesto a mi alcance, hubiera quedado hecha una minúscula masa informe con un solo golpe. La he seguido con la vista durante un buen rato, así es, y me ha hipnotizado. Uno de mis manotazos la ha alcanzado y me ha parecido verla tambalearse. De repente, ha desaparecido.
Hay pocas cosas más desquiciantes que una siesta de verano con moscas. Están más revolucionadas cuanto más calor hace, y pongamos que la comida ha sido abundante, son las cuatro de la tarde y el cuerpo se declara en huelga. No hay más remedio que caer en el sillón o en el sofá, a pesar de que el cuerpo suda y la ropa se pega. El sillón, que ya puede ser de sky o de lino, tanto da, se convierte en un papel adhesivo. Te acomodas en él buscando el sueño y cuando ya estás casi dormido la mosca viene y se para en tu mejilla, en el párpado, en la oreja, en la pierna, en la frente, en la nuca, en la nariz. Al principio sólo te remueves un poco, pero la molestia sigue, la mosca te ha elegido a ti, eres su nueva mascota, y tú no quieres, así que reaccionas cada vez que se posa en tu piel, cada vez con algo más de nervio que la anterior. Una cosa que ni se ve ha sido suficiente para que un volcán despierte y arrase parte del salón. Ya estás de pie sobre el sofá, frenético, esgrimiendo un periódico que quedará hecho jirones en tus manos sin haberse manchado de sangre, mientras la mosca gira imprevisiblemente en su vuelo a toda velocidad, describe cambios de trayectoria en ángulos perfectos, esquiva cada intento de cazarla con injusta rapidez y elige posarse en la otra punta de la sala. Puedes ir a buscarla de punta a punta las veces que haga falta, porque al final te cansas, te resignas y asimilas que ese monstruo en miniatura sólo te dejará en paz cuando él quiera. Esperará el rato que sea necesario con tal de procurarte una siesta de perros o el destierro del salón. No la ves, no sabes si sigue ahí, pero aprovechas para volver a cerrar los párpados porque un segundo sin su tortura es una bendición.
Al cabo de unos minutos ha vuelto tan de pronto como se había marchado. La he notado por el rabillo del ojo, pero me ha costado verla. Iba y venía constantemente, de la luz a la sombra. Cuando creía tenerla bien localizada daba un giro brusco y se esfumaba. Sólo tengo un flexo en mi despacho, y su luz no llega a todas partes. Eso es lo que la protegía. Se amparaba en las sombras que desplegaban los abrigos, la mesa o las estanterías. Es irritante comprobar que una mosca en un cuarto de tres por tres metros puede volverse invisible si quiere. De primeras la he ignorado como si nada, pero se ha empeñado en medir el perímetro de mi cabeza con precisión, con varias vueltas, demasiado cerca para seguir con mi trabajo como si nada. Aún no he podido verla bien por su rapidez, pero me ha dado la sensación de que no era la misma mosca. La de antes era bastante pequeña incluso para ser una mosca, y esta ya tiene el tamaño normal que de una mosca se espera, o eso creo. He intentado espantarla con unos manotazos que han golpeado el aire y nada más. Se ha alejado un momento y luego ha vuelto a por mí. Parece como si la perturbada fuera ella, como si yo fuera el advenedizo que de gratis se empeña en joder la felicidad de su vuelo. Se me ha acercado más de la cuenta, tanto que he llegado a notar su contacto en mi nuca. Su comportamiento me ha sorprendido porque no es el que se puede esperar de una mosca. Su insistencia se ha vuelto tan arrogante que mis nervios han acelerado y he tenido que blasfemar, y mis golpes se han vuelto más fuertes y rápidos. Uno de ellos ha dado en el blanco, pero no de lleno. La mosca ha caído al suelo junto a la puerta. La he vigilado mientras me levantaba del sillón para pisotearla, he visto como daba vueltas sobre si misma intentando despegar sin conseguirlo. Al ponerme junto a ella la he mirado y he sonreído. He pensado sobre la pequeña ironía, es decir, de cómo había podido creer que un bicho así sería una molestia a tener en cuenta. He levantado mi pie sobre ella, lo he dejado caer y he apretado como si pisara una colilla. Se acabó. Al volver al sillón he visto que el cadáver de la mosca no estaba en el suelo y he creído que la tendría de pegatina en la suela de mi bota. Ni siquiera me he molestado en asegurarme. Hasta ese momento la mosca sólo ha sido una pequeña molestia que apenas me ha desconcentrado. A toro pasado era un pasatiempo casi divertido. La caza me ha venido bien; me he sentido relajado.

El informe tenía que estar acabado esta noche. Lo he retrasado cuanto he podido recordando siempre mi lema: no dejes para hoy lo que puedas hacer mañana. Como es costumbre, me ha tocado pasarme una noche en vela para terminar del todo el encargo. Mi jefe apenas se deja ver, mantiene las distancias con rebufo diplomático. Es una buena costumbre, la verdad. Mañana puede largarme a la puta calle sin darme ninguna explicación y su conciencia dejará de tener remordimientos tras encender el siguiente puro. Nuestra relación es sencilla: su nombre y el mío aparecen juntos cada mes en la hoja de mi nómina, o, si acaso, viene a verme y me recuerda que mi trabajo es mejorable. El señor es un ejemplo de tesón y laboriosidad, su máxima es economizar, y se lo aplica tan bien que cuando me habla se ahorra el hola y el adiós. Viene, me increpa y se va. Lo cierto es que, a veces, lo que dice su mirada es tan largo y denso como el sermón de un cura viejo, y también, por qué no, igual de belicoso. Esta semana me ha planteado un ultimátum con lo del informe, y como no soy quién para hacerle pasar el mal trago de tener que despedirme me había puesto manos a la obra. Para cuando amaneciera su informe tendría que estar terminado, y debería ser digno de elogio. Me ascenderían de algún modo, quién sabe, o a lo mejor hasta me daban las gracias. Aparte sarcasmos, el informe es denso y de difícil digestión, requiere todo el cuidado que puedo emplear y una concentración extrema. Tenía que manejar cifras y más cifras, confeccionar e insertar gráficos y redactar una larga lista de conclusiones. Estaba inmerso en él y había conseguido pillar un buen ritmo, casi para decir que me encontraba a gusto trabajando –ver para creer-, pero un picor en la barriga me ha molestado. Al principio ha sido mínimo y no le he hecho caso, pero en cosa de un minuto ha ido aumentando hasta que he sentido un pinchazo muy agudo. Ha sido en el abdomen, algo por encima del ombligo. Al rascarme he notado un cosquilleo dentro de la camiseta, como un insecto. Con un salto me he puesto de pie y me he agitado frenético, hasta que de la camiseta ha salido un pequeño rayo negro. Parece ser que mi mosca había vuelto, y la muy hija de puta tenía ganas de revancha.
Aún de pie, rabioso, la he acosado por todo el cuarto. Yo no sabía que las moscas picasen, pensaba que eran inofensivas, pero esta se ha encargado de ponerme al día. Tampoco sabía que una mosca pudiera ser tan rencorosa, y eso me inquieta bastante más. No podía dejar las cosas así y la he atacado con mis manos, con periódicos, con ropa y hasta con el paquete de tabaco, pero siempre me ha esquivado con frialdad. Tras esquivar cada golpe se ha ido poniendo a mi espalda y entonces ha calmado su vuelvo, para volver a esquivarme y para volver a burlarse de mí. La situación ha pasado de anécdota y se ha convertido en un problema. Por fin se ha parado en la pantalla del ordenador. He visto perfectamente como se colocaba mirándome, a la defensiva, y luego ha frotado sus patas, y con ellas ha frotado su cabeza, y he tenido la sensación de que sus gestos eran un desafío dirigido a mí. Lo he visto perfectamente sobre la luz de la pantalla, porque destacaba demasiado sobre el blanco nuclear del procesador de texto, y porque su tamaño era mucho mayor que antes. Eso me ha hecho dudar de que fuera la misma mosca. El calor ya está aquí y los bichos empiezan a abundar, pero he tenido la certeza de que sí, era la misma de antes. No sé cómo puede haber escapado de mi pie, y no quiero saber por qué la mosca es más grande cada vez que regresa de entre los muertos. Ya tenía el tamaño de un guisante. Al acercarme más he visto perfectamente sus ojos de malla brillando al apuntarme. Ella, al ver que me aproximaba, ha hecho zumbar sus alas sin despegar para burlarse de mí, y luego ha movido su cabeza hacia los lados, como diciendo que no tengo nada que hacer contra ella. Me lo ha demostrado cuando le he tirado un libro sobre demografía china que ha desparramado por el suelo todo lo que tenía sobre la mesa, pero no sus tripas. Ha vuelto a volar a mi alrededor, pero ya no he tenido fuerzas ni ganas para atacarla. Me he visto dando respiraciones hondas y violentas, sudando gotas como puños y con los ojos desencajados de ira. No es posible que me esté pasando esto, no estoy drogado, ni borracho, no tengo falta de sueño ni enfermedades, ni siquiera hay alguien que me odie, por Dios. Me está pasando de verdad, no es una pesadilla. Antes que romper a gritar he contado hasta diez y me he sentado en el sillón. Mi enemiga estaba en la lo alto de la pared, junto al ángulo con el techo. Seguía mirándome fijamente, riéndose de mi cara de idiota multiplicada por cien, esperando que volviera a lanzarle algo o subiera sobre la mesa, porque esa vez se ha pasado tres pueblos. Necesitaba terminar el informe con calma, pero sobre todo necesitaba templarme. Me sonaba que había algún bote de DDT por alguna parte, así que he cerrado la ventana y he dejado el despacho asegurándome de que la mosca se quedaba atrapada en él. Al salir hasta he tapado la rendija bajo la puerta con un abrigo. Seguro de que no tenía escapatoria he revuelto los armarios de la cocina y el baño buscando el bote de insecticida. Cuando he dado con él me he sentido un poco malvado, pero contento. He vuelto al despacho, he comprobado que la mosca seguía donde la había dejado y se me ha escapado una carcajada nerviosa. Me he puesto bajo ella y la he rociado con el veneno. Intentaba escapar con prisas, con maniobras torpes y confusas. Ya no parecía tan valiente como antes, ni de coña, pero aún así ha intentado atacarme otra vez y me ha puesto las cosas más fáciles. Me he asegurado de que el maldito bicho se tragaba bien el insecticida, pero ha vuelto a desaparecer en una sombra. Esta vez no me he preocupado, porque medio bote de DDT hacía imposible que respirara hasta yo. Así, satisfecho, he salido del cuarto, he cerrado la puerta, he vuelto a colocar el abrigo contra la rendija y he pensado que no me vendría mal un descanso viendo la televisión. Las prioridades era conseguir calma y acabar el informe, respectivamente. Me he visto con ganas, porque no sé, me he quedado con la sensación de que en toda mi vida me iba a salir un informe como aquel. La libertad que sentía tras librarme de la puta mosca me daba alas para diseñar una catedral.

De madrugada no hay nada interesante por la tele. Cuando yo era pequeño la programación se cortaba en la madrugada y a la cama todo el mundo. Hoy en día eso ha cambiado y hay emisiones permanentes las veinticuatro horas. La gente ya no duerme por la noche, y en los mil canales se venden cremas milagrosas para adelgazar, aerosoles para dejar el tabaco o la sartén mágica china que nunca quema nada. Tampoco me olvido de la porno americana de los ochenta y de los canales de mensajitos donde los babosos buscan a la zorra de sus sueños. La tele es tan patética como la sociedad, sólo es un reflejo, donde una persona seria y preparada tiene que tragar mierda en trabajos mal valorados y peor pagados. Por qué tenía que estar redactando un informe, que nadie leerá, a las cinco de la mañana. Por qué. Debería estar bien dormido, con las luces apagadas y a salvo de moscas cojoneras que me ponen frenético, me atacan y hasta me pican. Al pensar esto me he acordado del picotazo y he notado que me molestaba más de la cuenta. Recostado en el sillón, con la tele de única lámpara, ni siquiera me ha dado por mirar qué tenía. Me he rascado un poco y he vuelto a las excelencias del Ab-dominator 10.000, pero no he podido librarme del picor. Al contrario, se ha intensificado y ha llegado a escocerme. He vuelto a rascarme y el dolor ha crecido más. Al pasarme la mano para calmar el daño que me he hecho con las uñas he notado un bulto extraño. La picadura de la mosca, aunque con efecto retardado, ha sido tan aparatosa como la de una avispa. Puede ser que no me haya dado cuenta y la mosca no fuera tal. Tal vez es eso, era un tábano u otra clase de bicho parecido, o alguna especie nueva de mosca que ha atravesado el estrecho desde África, quién sabe.
La tele me estaba aburriendo y la he apagado. Tenía que volver al trabajo, pero antes tenía que visitar el botiquín para buscar una pomada contra las picaduras. En el cuarto de baño he visto que el bulto tenía mala pinta. Era tan grande como una moneda de dos euros, muy enrojecido, y en el centro destacaba la picadura de la mosca, ennegrecida y con la punta blanca, llena de pus. Me he sentido preocupado. Si la mosca es de una especie rara por aquí es posible que me haya pegado algún virus infeccioso, sabe Dios el qué. Podría ir a urgencias, pero la picadura de una mosca no tendría prioridad y me harían esperar toda la noche. ¿Y quién iba a terminar el informe? Resignado, me he puesto algo de pomada y he decidido que tras presentar el informe pediría permiso y me acercaría hasta el hospital.
Al abrir la puerta de mi cuarto me ha golpeado el gas venenoso. No es posible que la mosca haya sobrevivido, y me he sentido aliviado. He abierto la ventana y la puerta, he agitado un poco el aire con un periódico y me he puesto manos a la obra. El informe sería historia en una hora más, y ya me ilusionaba al pensar que en unos días no iba a tener presiones. El jefe me dejaría en paz y tal vez, si quedaba satisfecho, podría pedirle algún día libre para hacer una escapadita a la playa. No he tenido vacaciones desde hace más de un año, y ya las voy necesitando. Será que el estrés me hace ver alucinaciones.
No lo sé, no lo sé.

Sólo tenía que dejar un informe bien acabado y exacto, nada del otro mundo. Lo llevaba bastante bien hasta que apareció la mosca, y después de habérmela quitado de encima me habían entrado ganas de ponerme a ello, y no me iba mal, pero ahora ya no tengo ganas. En cambio me he puesto a pensar en la secuencia de todo lo que ha pasado esta noche. No entiendo cómo puedo tener esta serenidad. Hace unos minutos he empezado a sentir mucho calor; me ha dado fiebre. La picadura de la mosca me escocía cada vez más, me escuece cada vez más. Hace ya rato que reventé la punta con las uñas. No dejaba de salirme pus por la herida, y me daba tanto asco que no me apetecía ni limpiarme. Ya tenía una infección de tres pares. Estoy mareado y me siento muy débil, recostado en el sillón. La luz del flexo me pega justo de frente. Veo la herida de mi barriga. La fiebre me ha obligado a desnudarme en busca de algo de frescor. Mis largos y flexibles dedos se empeñan en seguir tecleando, me resisto a dejar el informe sin acabar. Cuanto antes lo termine antes podré acercarme al hospital. ¿Qué dirán los médicos? Dudo mucho que se encuentren algo así todos los días, y cuando les cuente la historia no me van a creer. De todas formas me da en la nariz que lo primero que pregunten cuando me vean entrar a urgencias sea que de qué ha sido la muerte. Sigo escribiendo a pesar de todo, aunque note que el abdomen me arde y bulle por dentro. La picadura se ha extendido mucho y la zona pinta necrosis. Ni siquiera puedo mover la cabeza. Veo lo justo por el rabillo del ojo, y veo que la herida se mueve ligeramente, y poco a poco se mueve más, hacia arriba, hacia abajo, con un temblor lento. Escuece como el infierno, y además ahora noto como pellizcos por dentro. Creo que son mordiscos. Sí, ahora lo sé. La mosca me la ha jugado bien, hija de puta. Por la herida asoma la cabeza una larva blanca, lechosa y húmeda, de grande como la cabeza de una cerilla, que se come su tamaño cada segundo, y a su lado ha salido otra, y luego otra, y no he querido mirar más. El escozor es tan insoportable que me rasco clavando las uñas con fuerza y mi piel se desgarra. Tengo que parar, es muy doloroso. Y me dan arcadas al meter la mano ahí. Tengo una bolsa tan grande como una pelota de tenis llena de gusanos que me comen por dentro.
Pero me he abandonado. Ni siquiera puedo moverme, sólo manejo los ojos. Mi boca se abre intentando coger aire, me ahogo, boqueo a convulsiones como un pez fuera del agua. La fiebre es tan alta que noto el sillón empapado, casi encharcado. Cada vez noto las imágenes más borrosas, pero puedo ver la bolsa. Crece muy rápido, y mis tripas ya no deben andar lejos de cientos de gusanos que no paran de comer. Tengo tanta fiebre que ni me entero mucho del dolor. Antes de perderme del todo miro mis fotos. Es cierto, la vida pasa en un segundo ante tus ojos, y se notan más los buenos recuerdos. Me gustaría llevarme alguna imagen agradable… pero no puede ser. Junto a una de las fotos, a dos palmos sobre mi cabeza, mi mosca ríe la última con zumbidos de alas. Ha crecido más, es tan grande como una cereza. Creo ver sus estrías verdosas, sus ojos cuadriculados, y como se frota las patas mientras me mira. Me ha ganado. Se frota las manos como lo hace un hambrón ante un asado, y en el fondo hasta tiene buenas intenciones. Es normal. No hay nada como el instinto de una madre, y nada le da más alegría que ver como sus hijos se crían sanos, fuertes y bien alimentados.

(c) Ángel M. Alcalá

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