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En estos momentos, es muy probable que sea el pintor albaceteño vivo más nombrado a nivel nacional. En 2007, la fundación Chirivella Soriano de Valencia le dedicó la gran retrospectiva El Brillo del Sapo. Es uno de los artistas de la importante Galería Paula Alonso de Madrid, a resaltar entre muchas.

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He visto horrores, horrores que tú has visto. Pero no tienes derecho a llamarme asesino. Tienes derecho a matarme, pero no a juzgarme”

Kurtz (Marlon Brando) a Willard (Martin Sheen), en la escena final de Apocalipse Now (Francis Ford Coppola, 1979).

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Chema López (Albacete, 1969) es uno de los artistas con más proyección en la pintura española de nuestro tiempo y con un currículum ya a la altura de muchos grandes pintores consagrados. No es una casualidad que su obra sea solicitada constantemente para cuidadas exposiciones en centros culturales, museos de toda España y en algunas de las galerías más importantes del país, como la Tomás March de Valencia o la Claramunt de Barcelona. A finales de 2007 ha sido objeto de una retrospectiva de toda su obra en la prestigiosa Fundación Chirivella Soriano de Valencia, la exposición titulada “El Brillo del Sapo”. Asimismo, se pueden hallar trabajos suyos en colecciones públicas y privadas de importancia, como la de la propia Chirivella Soriano o la colección Martínez Guerricabeitia de la Universidad de Valencia. Por algo será.

En 1987 se trasladó a Valencia para cursar estudios en la Facultad de Bellas Artes, y es en esa ciudad donde ha establecido definitivamente su lugar de residencia y donde ha desarrollado la práctica totalidad de su obra hasta el día de hoy. En 2002 se doctoró en Bellas Artes con la tesis (o ensayo, como él prefiere) titulada “Representación pictórica de las relaciones de poder. Un estudio a partir de la propia actividad pictórica”, que le valió el premio extraordinario de tesis doctoral Universidad Politécnica de Valencia en aquel año. A día de hoy, Chema López es profesor del Departamento de Pintura en esa misma facultad.

A partir de 1991 comienza a exponer con asiduidad en circuitos e iniciativas alterativas de marcado carácter social, casi diríamos antisistema. Vemos que, ya desde sus comienzos, la protesta contra la injusticia es el motor principal que mueve su trabajo. Siempre ha sido consciente de que hay mucho que cambiar en este mundo imperfecto. Como a otros artistas concienciados, le duele el mundo. No se trata de una pose, porque la denuncia contra la tiranía, en mayor o menor grado, siempre ha sido el rasgo que ha definido el mensaje de sus cuadros. Es un artista comprometido que quiere remover conciencias, capaz de hacer evolucionar al espectador. Reflexionar sobre la injusticia y sus causas desemboca en preguntarse mil porqués, y nunca terminamos de concretar que tipo de motivos llevan a unas personas a abusar de otras sin mirar el daño que se causa. Es el poder, y es el mal, en sus múltiples encarnaciones dentro del alma humana. Para Chema López quizá sean las dos caras de la misma moneda.

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El mal tiene razón de ser porque tiene como contraposición al bien; el bien cobra sentido porque para negarlo existe el mal. La luz contra la oscuridad. Hasta la fecha, Chema López siempre usa el blanco y negro para realizar sus cuadros. Declara que siempre sintió predilección por esta dicotomía, y lo cierto es que parece lo más adecuado para reflejar el poderoso antagonismo que quiere representar; a veces pintando con blanco sobre fondo negro, al óleo o con acrílico, sobre lienzo o lino. Usa el blanco como un arma capaz de romper la hostil negrura en la que se cobija el mal. La luz mostrará el camino, sí, la luz, porque aún tiene que haber algún rastro, tiene que haberlo, debe haber un camino para escapar del negro... Visto de otro modo, en sus cuadros solo hay dos presencias: el blanco y el negro, en un versus a cara de perro, obligados a enfrentarse porque es su destino, sin más premio que humillar al contrario. La misión del uno es negar al otro. Chema nos ofrece la esperanza de que la luz, aunque en significativa desventaja, se mantiene firme y puede perdurar sobre la oscuridad. La relación entre el blanco y el negro se corresponde con la que existe entre el bien y el mal, el conflicto eterno de la balanza cósmica. Blanco y negro, bien y mal, son las cuatro palabras que mejor pueden definir, por forma y por mensaje, la obra de Chema López. Oscuridad física del lienzo y oscuridad metafísica del alma. No quiere hacer cuadros oscuros, sino cuadros en los que la luz rompa la oscuridad, quiere destacar la luz sobre la sombra. El pintor asume que sólo apreciando la oscuridad y siendo conscientes de su hambrienta negrura podemos apreciar la verdadera belleza de la luz salvadora.

El uso magistral que hace de la iluminación dota a sus pinturas de una contundencia impactante. Es una virtud adquirida en su estrecha relación con la fotografía y el cine clásico en blanco y negro. Las imágenes que representa en sus cuadros suelen provenir de fotos o fotogramas cuidadosamente escogidos para ilustrar adecuadamente sus ideas. No hay mucho al azar en esta elección. Los rostros de sus personajes son una exhibición de fuerza expresiva; son rostros marcados por el mal, bien lo causen o lo reciban, y desnudan su alma a través de la luz que define sus arrugas, sombras y contornos. A veces juega con imágenes desenfocadas y crea siluetas difusas de los personajes, lo que les confiere una leve movilidad que los hace inestables, inquietantes, casi fantasmales. Por instantes parece que se muevan como si estuvieran vivos. Incluso sus inquietantes paisajes provocan una extraña desazón, porque son las plácidas vistas de un paisaje en calma antes o después de la tempestad, cuando la fatalidad ronda en el aire. Son postales donde la naturaleza se muestra como la conciencia del atormentado, en apariencia tranquila pero cargada de una angustia incierta, expectante mientras aguarda la eclosión del mal oculto tras la aparente normalidad, cuando la incertidumbre es total y el alma se retuerce en la ansiedad sin hallar consuelo posible.

Para dar forma definitiva a sus ideas, Chema López echa mano de un amplio fondo de referencias extraídas de la cultura universal. Asume que las referencias a otros artistas, pensadores u obras paradigmáticas, tan habituales en el arte actual, son no ya inevitables, sino incluso necesarias. Su carácter icónico las dota de un simbolismo propio, las hace ser metáforas inmediatas con un significado inequívoco y universal que el espectador identifica y ubica con el primer vistazo. La mayoría de los artistas contemporáneos entiende que el arte debe buscar referencias formales con las que el público pueda empatizar, referencias más o menos concretas que puedan llevar al espectador y al artista a un lugar común de encuentro, en el que la obra de arte cumpla su función, exprese su intención y cobre pleno sentido.

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Así pues, las referencias que toma suelen ser directas, fácilmente reconocibles en la mayoría de los casos, casi siempre cogidas de obras que ofrecen reflexiones sobre el mal extremo bajo sus distintas caras y motivaciones: el mal metafísico inabarcable, fuera de los límites de la comprensión humana, el mal que provoca el poder al ser ejercido o sufrido, o el mal arrastrado por el rencor de antiguos traumas sin cicatrizar. Estas referencias aluden directamente al mal del que proceden, pero además, dentro del contexto de la serie a la que pertenezcan, evocan un concepto del mal mucho más abierto, más abyecto si cabe que dentro de su contexto original. El justificado porqué de las referencias, donde cada icono representa una versión concreta del mal -por icono no hablamos de personajes u objetos, sino de la obra en sí que toma como referencia-, es otra muestra de que Chema López, como dijimos al principio, es un artista sumamente reflexivo, poseedor de una gran cultura y siempre coherente con el compromiso que ha decidido tomar. El imaginario personal del que se nutre bebe sin tapujos del cine negro de gangsters elegantes con traje negro, pero también del Leviatán de Hobbes, La Noche del Cazador, Moby Dick, Toro Salvaje o la filosofía de Schopenhauer y Nietzche, hasta desarrollar una fuente casi infinita de referencias que son ya propias del autor.

Con todo lo dicho hasta el momento, debemos recordar –en alusión al conflicto entre luz y oscuridad- que Chema López en realidad no quiere transmitir un mensaje pesimista. La fuerte carga literaria de su obra exige un esfuerzo del espectador para ver más allá de la negatividad evidente. En sus cuadros, igual que la oscuridad del negro sirve para que podamos apreciar en su verdadera importancia la luminosidad del blanco, la maldad debe servirnos para ser conscientes de que el bien existe y en cualquier momento puede imponerse y prevalecer. En este aspecto, el pintor se aproxima a los vitalistas trágicos en la estela de Unamuno o del mismo Nietzche: sin el conocimiento del mal no se puede tener plena consciencia del bien. Viene a ser como un viaje iniciático al interior del alma; como en Moby Dick, quizá la obra más aludida en la obra de Chema López, la historia de una expedición sin retorno tras un monstruo que nadie conoce ni ubica, pero que debe ser destruido si se quiere vivir en paz. Para reconocer el mal hay que salir a buscarlo, y hay que tener mucho valor para aventurarse en lo desconocido. Encontraremos aberraciones que desearíamos no haber visto nunca, nos horrorizaremos y sentiremos deseos de volver atrás, pero esa es la realidad. No hay otra forma de superar el odio.

Nadie dijo que fuera fácil, pero este mundo no tiene nada de fácil. Esa es la única forma de erradicar el mal: saber identificarlo, aceptarlo, enfrentarlo con honradez: puro psicoanálisis. Si no enfrentamos nuestros miedos, si los apartamos y los ignoramos, seguirán ahí y algún día volverán para atormentarnos y, por extensión, atormentar a quienes tengamos alrededor. Sólo si miramos al mal de frente y reconocemos sus caras podremos evitarlo; sólo conociendo la infelicidad podemos apreciar el verdadero valor, la verdadera fortuna, de ser felices sin preocupaciones. Merece la pena el esfuerzo. Chema López se mantiene en esa opinión, y sus cuadros son el estímulo adecuado para que aflore en nuestro interior el punto de valentía necesario para hacernos más fuertes. Un pequeño empujón en forma de cuadros de exquisita elegancia, la esperanza pintada sobre un lienzo. Porque a pesar de todo, por encima de todo, Chema López cree en la luz triunfando sobre la oscuridad.

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(c) Ángel M. Alcalá

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