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Los últimos compases anunciaron su llegada. Nos pareció verla entrar, majestuosa. Todo se paró a su paso. Todos quedamos mudos ante su presencia. Se acercó hasta el viejo y le acarició la cabeza. Jugueteó con el poco pelo que aún le quedaba y se sentó en su regazo. No pudimos evitar sentir envidia, no te atormentes por ello. Le puede pasar a cualquiera.
Yo la llamé un día, lo confieso. No me miréis así. Pero supe decirle que se marchara. Era encantadora. Siempre lo ha sido. Siempre lo será.
El viejo se reía. Nos miró a todos y dijo perdonarnos. Se notaba en su mirada que decía la verdad. No temía.
Hace mucho tiempo.
Siempre quise lo mismo para mí. Lo deseaba y lo deseo. Os perdono a todos.
No temo.

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(c) Ángel M. Alcalá

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