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Mire, le voy a decir la verdad: si lo que quiere es que le cuente exactamente lo que pasó, por mi parte no hay ningún problema, en serio. Ahora, eso sí, yo le aviso que no me va a creer, pero bueno, pregúntele a la gente que estaba allí con nosotros. Pero es que es de locos, oiga. Le juro por mi santa madre, que en paz descanse la pobre -que bastante pasó en vida- que le digo la verdad. Y mire usted que mi madre sufrió lo suyo, ¿eh?, que nos crió ella sola a cuatro hermanos que éramos, mientras mi padre se pasaba los días enteros en los bares de borrachera. Menudo era el cabronazo, que cuando cobraba los corderos que vendía se iba por ahí donde Cristo perdió los calzones, de putas y de juerga. Y lo que nos pegó mi padre, vaya correazos que soltaba el condenado.

Pero bueno, que a lo que vamos, que no me va a creer. Perdone si me pongo nervioso, pero es que le juro que es verdad todo lo que le voy a contar, y que conste que luego no quiero que se me busquen a mí las vueltas con eso de que he cometido perjurio ni cosas parecidas, ¿eh? Punto por punto se lo voy a contar todo, y no hay desperdicio por ningún lado, así que présteme atención.

Yo estuve los meses de Julio y Agosto trabajando en los “pivos”. Saben lo que es ¿no?, eso tan largo que se pone para regar en los bancales, la cosa esa que lleva ruedas y va dando vueltas por todo. Bueno, pues eso, que estuve en los pivos y los cabrones de los jefes se han tirado sin darnos los cheques desde que terminamos. Ya ve, dos meses, porque fíjese usted que hasta el otro día no nos pagaron, ni a mí ni a ninguno de lo que estuvimos, y yo sin un duro y debiéndole cuartos a espuertas a la gente. Vaya elementos los jefes, sí.

Pues nada, que nosotros nos plantamos en la Caja de Ahorros a eso de las siete menos cuarto, vamos, ya a última hora, porque a las siete cierran las cajas y no se puede cobrar nada. Fuimos ayer porque por las mañanas no puedo ir y los martes es el único día que abren por las tardes. Ya ve usted que por este tiempo se hace de noche a las seis y media.

Nosotros, cuando llegamos, nos pusimos al final de la cola, que tendría por lo menos a otras seis o siete personas por delante nuestro, todas seguramente para un buen rato, porque a las que atendían mientras esperábamos se les hacían las barbas de tanto como tenían que estar allí, en la ventanilla. Y lo mejor de todo era la parsimonia de las cajeras. Mire que no sabe usted lo que me sacan a mí de los nervios los cajeros de los bancos. Son como los funcionarios -con perdón-, los de los papeleos del catastro y esas cosas, que si supiera usted lo que me han hecho bregar los cabritos… Es que los ves, y claro, como a ellos les pagan igual por sus cuatro horas mal echadas, se la suda atender bien a cinco tíos que mal a uno. Pues las cajeras del banco son exactamente igual, con la tranquilidad y la poca sangre que tienen, y no será que por lo menos dicen que son simpáticas, que encima tienen una cara de perruzo con mala leche que no pueden con ella. Si es lo que digo yo, después que les das de comer y cómo te tratan… Pero bueno, perdóneme si me voy por los cerros de Úbeda, pero es que voy a salir loco de los nervios. No tendrán una tila por ahí, ¿no?

En fin, que llevábamos allí más de media hora y pensábamos que no iban a echar de un momento a otro con la cantinela de la sonrisita y el “vuelvan mañana”, y como pasa a veces, que ni siquiera hay sonrisita. Y lo que me iba a joder a mí, que ya me tocaba. Yo no hacía más que mirar el reloj, y venga, y que no me toca, y que me cargo al de delante y me cuelo, y encima yo, todo gilipollas, nada más que mirando el reloj ese enorme que había encima de las ventanillas de cobros.

Lo que más me sacaba de los nervios era el segundero, la mierdera aguja. Fíjese usted, con el ruido que allí había de máquinas de escribir y ordenadores y yo que la oía perfectamente, contando los segundos aunque no quisiera hacerlo. Pero los contaba, sí, y cada sesenta veía como pasaba un minuto, y a los siguientes sesenta otro, y a cada minuto que pasaba yo me cabreaba más. Y es que la culpa la tenía yo, por capullo, por no haber ido a mi hora y así no tendría que haberme tragado la cola de gente que había. Parece mentira, pero es que me da a mí que cuanta más prisa tiene uno más gente hay y más despacio va todo. Es como la ley del Murphy ese del libro, que mi primo se lo compró en el Círculo y yo le estuve echando un ojo, que salen cosas como eso de que cuando se te cae la tostada siempre se te cae por el lado de la mantequilla, o eso del semáforo, que ya no me acuerdo bien. Pues esto es lo mismo, cuanta más prisa más gente.

Y no sabe usted lo que me pasó, ¿a que no? Pues que despachan al que había delante de mí y van y cierran mi ventanilla, y claro, ya no me podía ir a otra, que también había gente. Pero agárrese usted, que ahora empieza lo bueno. Ya me iba a poner yo a gritar de enfado cuando se levanta un tío que había sentado en un sillón y se va al mostrador que hay al lado de las ventanillas. ¿Y a que no saben lo que pasó después? Pues que pegó un bote y se colocó en el otro lado, en el de los ordenadores; pero así, sin apoyarse ni coger carrerilla ni nada, y mire que el mostrador mide por lo menos metro y medio, pero nada: el tío se lo saltó por las buenas.

Uno sabe que el que hace eso no es para saludar al cajero, que es amiguete, y yo, como es normal, pues me tragué el enfado y me quedé… ¿Cómo dicen?, estupefacto de esos, ¿no? Porque era un atraco en regla, que otro tío que había sentado con el de antes se levantó y dijo: “todo el mundo al suelo, esto es un atraco. Dejen sus carteras a un lado y todo lo que tengan de valor. Si se portan bien no les va a pasar nada”. Coño, que a mí y al Javi se nos pusieron los huevos de corbata y al suelo se ha dicho. Pero no perdíamos detalle de lo que estaba pasando, porque otros dos tíos entraron de la calle y hostiaron al de seguridad por la espalda, y uno más se quedó fuera, vigilando, digo yo.

Yo creía que iban a ser una banda de albanokosovares de esas que tantas hay ahora, lo que pasa es me parecía que no tenían acento raro, aunque hablaron poquito. Eran cinco, con pinta completamente normal, y si cabe parecían tener pelas, por eso de la ropa cara, la pinta estirada y la cara guapita y tal de no haber roto un plato en su vida; aunque eso sí, muy blancos.. Pero a ver quien tenía huevos de plantarles cara, porque mientras los tres de dentro vigilaban, el del mostrador cogía por los pelos a uno de los que había allí y le preguntaba por la caja fuerte, a zarandeo limpio. En eso salió el director y otro le arreó una hostia en los morros y lo tiró al suelo.

¿Sabe qué era lo mejor de todo? Que no iban armados. Pienso yo que lo normal es que llevaran pistolas, ¿no? Pues nada, los tíos iban tan anchos, a pelo. Y el director, aunque le estaban soltando, empeñado en que no iba a abrir la caja fuerte, encabezonado, hasta que uno de los atracadores cogió a un cajero y le partió el cuello, y luego se lo tiró al director encima y le hizo caerse. ¿Pero sabe?, que lo tiró así como un papelote, y yo que digo, “me meo, me meo”, porque ya pensaba que aquello no podía ser así, no señor, que los tíos tenían que llevar alguna metralleta o algún pistolón o algo de eso. Pero no se crea, daba impresión una cosa mala, ¿eh?, porque uno no ve todos los días cómo tíos normales y corrientes, como usted y como yo, cogen a un tiparraco de lo menos noventa kilos y se lo echan por encima, vamos, que no es normal ni de cachondeo, ni aunque sepan kung fu como los de las películas, que además es que esos de las películas todas las barbaridades que hacen son teatro.

El director, como era de esperar, no se iba a hacer el duro, y tenía usted que haberle visto, que yo pensé que con las prisas se iba a dejar la crisma en una esquina de la pared, y de los nervios que llevaba tardó más de lo normal en abrirla, o vamos, lo que yo creo que es normal para abrir una caja fuerte. Tanto tardaba el tío que a punto estuve de levantarme y pegarle dos hostias, a ver si se calmaba y les daba las pelas a los tíos para que se fueran, pero más pesaba entonces la mierda que los cojones, y perdóneme la expresión porque no se me ocurre otra forma de decirlo como Dios manda. Era un pitorreo: el director, ahí, todo gordo el tío y sudando a chorros con el atracador cogiéndole del cuello. Un cuadro, y vaya cuadro.

Por fin la abrió, y de los cinco que estaban, todos excepto el de la puerta se metieron en la caja y empezaron a arramblar con el dinero metiéndolo en sacos de basura enormes, de esos comunitarios. Estuvieron por lo menos cinco minutos llenando, pero yo para mí que no terminaron, porque entonces fue cuando llegaron ustedes, es decir, un coche de policía. No dirá que se estuvieron mucho, porque cogieron las pelas y salieron fuera. El que parecía ser el jefe pilló un cabreo impresionante y empezó a cagarse en todo lo que se le pueda ocurrir y más. LE había cammbiado la cara, la tenía seca y de cera, parecía un muerto. Se dio media vuelta y fue para los otros dos cajeros que quedaban vivos y así, de dos hostiones como dos catedrales, los dejó en el sitio.

Y aquí es cuando pasó lo que ya no está ni en los escritos. Vale, claro que cargarse a la gente de una leche no es normal, ni tirarlos como muñecotes tampoco, pero aquello era misa comparado con lo de después. ¿Y a qué no sabe lo que pasó después? Pues que a sus compañeros esos que mataron, al ver desde fuera que no estaban armados, no se les ocurre otra cosa -y perdóneme lo que voy a decir, pero es la verdad- que entrar tan valientes y tan farrucos en el banco, vacilándoles a los atracadores con la pistola en la mano, es decir, medio cachondeándose de ellos, como si no los tomaran en serio. Al que estaba en la puerta le apuntaba uno mientras el otro vigilaba a los demás, y le soltó todo el rollo ese, como en las películas, de que pusiera las manos donde pudiera verlas, estás detenido y esas cosas de los derechos. Mire, que el atracador, tan contento él, empieza a reírse en su cara, y a preguntarle que si estaba gilipollas, y yo pensando: “pero bueno, los atracadores estos son subnormales, que por muy fuertes que estén les pegan un tiro y los fríen en el momento”.

Tan confiado, el policía fue a ponerle las esposas, porque para más cachondeo el atracador le puso las manos para facilitarlo, y cuando lo iba a hacer… Joder… Perdone si en esta parte no le doy todos los detalles tan exactos como debiera, pero compréndame, a nadie le pone a tono ver esas cosas. En fin, que el atracador, cogió al policía por la cara y le arrancó parte de la cabeza de un bocado. Entonces me fijé en sus dientes… Joder, tenía los colmillos como los vampiros de las películas de miedo. Fue asqueroso, la sangre nos saltó a todos, y no sé, debió romperle alguna arteria o algo de eso, porque salía un chorro a presión. Luego, el atracador… bueno, escupió parte de sus –coño-… sus sesos, sí, al suelo, y menos mal que no lo hizo encima de nadie. Yo aún me pregunto cómo no eché la bilis, y el consuelo que me queda es que estoy seguro de que su compañero murió en el acto… el pobre. ¿Tenía familia? Perdone, que tontería, claro que tendría.

Siguiendo con aquello, el otro policía se puso a disparar al atracador en cuanto reaccionó, que le costó un momento, y aquí otra cosa chunga… joder, que es que es muy fuerte: los tiros no le hacían nada, y no porque llevaran chaleco antibalas, porque le dio un setazo en el cuello y no salió ni una gota de sangre. No me lo explico. Tan tranquilo mientras los otros atracadores se quedaban a ver lo que pasaba, el tío fue hacia el policía andando rápido, lo cogió por el cuello con una mano y lo levantó en alto, y le vuelvo a asegurar que esos tíos no parecían estar fuertes para levantar a nadie así, y menos a su compañero, que debía pesar sus bueno cien kilos.

El atracador empezó a apretar la presa, y todos oímos como el cuello del policía crujía, hasta un fuerte chasquido y vimos como lo tiraba contra la pared, muerto. Lo de luego no lo vi muy bien, porque volví la cabeza al suelo temiéndome lo peor, y fue entonces cuando se empezaron a oír las sirenas del chorro de coches que llegó después. Yo volví a abrir los ojos un poco y vi con el rabillo del ojo como salían corriendo. Lo demás ya lo sabrá usted, porque según me a contado mi amigo Javi, que sí se atrevió a ponerse de pie, ustedes les dispararon mientras corrían pero los tipos no se inmutaban y seguían, y cuando llegaron a un coche de policía que les cortaba el paso lo saltaron sin esfuerzo y se perdieron por un callejón, como evaporados. Desde entonces no han vuelto a saber nada de ello, ¿no?

La verdad, si quieren que les dé mi opinión, pienso que es mejor que dejen las cosas tal y como están, o que empiecen a poner un cura en cada sitio donde haya dinero, porque me tomará a coña, o tal vez no después de haberme oído, pero yo creo que esos tipos no eran normales. Ríase si quiere, y que conste en el acta que yo antes no creía en esas cosas, pero estoy seguro de que eran vampiros, como en las películas.

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(c) Ángel M. Alcalá

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