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Sin títul

¿Qué te parece la foto? Yo creo que es muy bonita. Tan bucólica, tan romántica. La tomé yo mismo hace unos años. No tengo ni idea de fotografía, apenas lo que me dice mi propio gusto, pero salió bonita, sí, supe coger la esencia del paseo. Tal vez debería dedicarme a las fotos y dejarme de otras cosas que no me dan más que sinsabores. Mírala, ¿tú nunca has estado allí? Es fantástico. Mira el bulevar. Aquí sólo aparece el tramo que da a la casa, pero es igual a lo largo de los tres kilómetros que tiene, hasta que da con la carretera. El camino es ancho, unos cinco metros, y los viejos castaños lo cubren entero. Cuando nos cogía la lluvia mientras dábamos un paseo por el camino, nosotros como si nada, apenas nos mojábamos. Los castaños eran como un corredor cubierto, unos soportales troncosos y exagerados. Ya ves que la foto es de pleno otoño, todo el camino es de oro: alfombra de oro en el suelo, doseles de oro en el techo. Al fondo está la casa, aunque aquí sólo veamos unas ventanas. ¿Las ves al final? De nuevo estilo gótico, de piedra gris y cristal negro. Así es toda la casa, tan lúgubre como enorme. Siempre fue residencia de nobles y ricachones, pero al principio fue una abadía. Mira la foto, es preciosa, ¿verdad? Una verdadera foto de otoño, una foto de cuento de octubre. Lo tiene todo: la casa vetusta, los árboles dorados y ya medio desnudos, el prado de verdor perenne y hasta… ¿aún no lo has visto? Vamos, fíjate bien. Mira los castaños, están bien plantados, equidistantes unos de otros, todos igual. Yo me he criado allí y te doy mi palabra de que ni uno solo se salta el patrón. Fíjate bien, mira las hileras, mira las distancias. Aquello que hay junto a la casa, eso es. Eso negro y encorvado, alto como dos hombres. A primera vista parece el tronco de un castaño, yo mismo no me di cuenta hasta que pasaron días desde que revelé la foto. Pero no es un castaño, eso no es nada que debiera estar ahí. Mira, parece que está posando para mi objetivo. Está muy lejos, pero apuesto lo que quieras a que sonreía. Aquella cosa vestida de negro tenía que sonreír bajo la capucha. ¿Ves la capucha? Menos mal que estas cosas sólo se ven con fotografías. Ese fue el día que murió, a los pocos minutos de que yo tomase la foto, cuando pasábamos justo delante de ese castaño y ella se desvaneció de repente. Antes de yacer en el suelo ya estaba muerta. De repente, mi vida. De cualquier forma no deja de ser una bonita imagen, y me hace evocar algunos buenos momentos que pasé allí. Me gusta tanto que la tengo a la entrada de casa, ampliada y enmarcada. Me ayuda a recordar aquel sitio. Me sentaba a los pies de un castaño y pasaba la tarde leyendo. Lo echo de menos. Aún hoy muchos días, después de comer, cuando me adormezco sentado en mi sillón junto a la ventana, me pierdo entre los castaños y busco inscripciones borrosas en sus cortezas. A veces pone lo que debería poner, y otras no. Entre los árboles parece escucharse una extraña melodía, como de flauta. Me inquieto y abro los ojos, no puedo evitarlo. Antes era otra cosa, yo no sabía nada. Ahora ya nunca podré estar tranquilo en aquel sitio sabiendo que aquella sombra negra, que a primera vista parece el tronco de un árbol, podría estar junto a mí sin yo saberlo.

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(c) Ángel M. Alcalá

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