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Mientras el coche dejaba la autovía y se acercaba al barrio, la señora Juana reparó en lo serena que se encontraba al volver a su casa después de un año entero. En los últimos días antes del viaje, al ver que se acercaba el momento de regresar para despedirse de una vez, imaginaba que el reencuentro sería amargo. No había en aquella casa nada de lo que ella echaba de menos de un hogar. Terminar con ella era como terminar con casi toda su vida, una historia tragicómica, de gente humilde que acepta lo que tiene y no exige más, que había durado casi sesenta años. Los días antes del viaje creía que la nostalgia de lo perdido le podría, que no sería una buena idea volver, que mejor dejar las cosas así, no ver nada que removiera malos recuerdos y empezar de cero para lo poco que aún le quedase; pero no había que pensar esas cosas. En el momento presente, cada vez más cerca de su casa, no se encontraba triste, ni nostálgica, ni siquiera nerviosa. En contra de lo que debería haber sido normal, se sentía valiente, dueña de sí misma, porque sabía que borrar de una vez el pasado le daba la oportunidad de un futuro nuevo, por breve que fuera, para intentar disfrutar del tiempo que pudiera. La señora Juana, aunque nunca lo hubiera reconocido, casi se sentía feliz.

Conducía una niña recién salida de la universidad y aún con el carnet de conductor novel, una trabajadora social en prácticas que habían asignado para acompañar a la anciana. A la señora Juana, Rosa le recordaba a ella misma de joven, salvando las distancias de épocas y circunstancias tan distintas, claro, cuando aún le ilusionaba la vida que tenía por delante. Auque la anciana pasó gran parte del viaje callada, a solas con sus recuerdos, tuvieron tiempo de hablar lo suficiente para darse cuenta de que se caían bien. En dos horas de viaje, la señora Juana no pudo evitar fantasear con la historia de la nieta que nunca tuvo, encantada de acompañar a su intrépida abuela hacia emocionantes expediciones en aquellos lugares exóticos que de joven veía en las películas de Hollywood, y que aún soñaba visitar algún día.

Llegaron a su calle y fueron a detenerse frente a la casa, un viejo chalet de dos plantas que a primera vista amenazaba ruina. Cuánto deterioro causa el tiempo en un año sobre una casa que no toca una mano humana. Durante unos instantes, la señora Juana cayó en la pena de verlo todo tan descuidado, con lo limpia que había sido ella siempre, pero se dijo rápido que no, que ya daba igual lo que le pasara a ese lugar. Iba a lo que iba, y nada más. Aquella visita era para dar un último vistazo, para recoger la última caja que aún quedaba y ver que todo estaba en orden. Se dijo que no se entretendría demasiado, que iría de cuarto en cuarto repasando rincones y comprobando que todo estaba bien cerrado, que no se apoyaría en los marcos de las puertas a susurrar nombres que no eran de nadie, que no imaginaría el cuarto de su niño tal y como era en su día y, por encima de todo, que no escucharía la voz de José Ramón, su marido, llamándola a voces desde lo profundo de la casa. Cuando bajó del coche y se vio allí enfrente ya no se sentía tan cerca de la felicidad.

– ¿Cuánto dice que hace que no venía usted por aquí? –preguntó Rosa.
– Un año –exclamó la señora en un suspiro-, desde el día que terminé de llevarme las cosas que quedaban.

La señora Juana estaba más seria, con un sentimiento entre la apatía y la resignación que había nacido de repente. La mala sensación latía cada vez un poco más, mientras caminaba hacia la puerta, se detenía frente a ella, sacaba las llaves, abría la puerta y entraba en la casa. La realidad siempre tiene una cara distinta a la que le poníamos antes de conocerla.

Se quedó quieta en el vestíbulo. Con la luz que entraba por la puerta lo vio todo vacío y lleno de polvo, y de repente ella también se quedó vacía, en blanco, con la vista cubierta por un repentino manto gris que le salía de dentro. Rosa se había movido siempre un paso tras ella, en silencio, para no interferir en aquella despedida tan especial, pero también debía estar preparada para mostrar el apoyo que fuera necesario. Le puso una mano sobre el hombro a la señora Juana y ella salió de su trance, giró la cabeza, la miró, sonrió, le cogió la mano, se la besó y musitó un gracias que significaba “no te preocupes, que voy a ser feliz”. Y comenzó a llorar, sin parpadear, sin haber tenido tiempo de que le asaltaran los recuerdos. El dolor que tanto le estaba costando olvidar había vuelto sin que se diera cuenta. Rosa se acercó y la abrazó unos instantes, pero la señora Juana intentó recomponerse. Quiso recuperar la compostura, aunque parecía aturdida, y la chica lo había notado.

– Señora Juana, venga conmigo hasta la escalera y siéntese un momento. Aún tenemos más de una hora, no tenemos prisa.
– No, prenda, si estoy bien, de verdad –dijo sin terminar de creérselo. Quiso volver a la determinación de no mirar atrás y seguir como si nada, pero no podía, porque los recuerdos volvían poco a poco, cada vez más deprisa, hasta que le pareció poder ver de nuevo cada momento de los que había pasado allí, todos al mismo tiempo. Se sintió aturdida, y al fin se sentó.

Rosa se sentó a su lado. Buscó en su bolso un botellín de agua y se lo ofreció a la señora Juana, que bebió lentamente unos pequeños sorbos. Su mirada se quedó quieta, perdida más allá de las paredes, y acaso más allá del tiempo. Sesenta años, nada más, auque ya se habían terminado. La casa era parte de su historia, como un símbolo de su vida hasta entonces, pero iba a olvidarse de ella para siempre, y esa determinación no la iba a cambiar una nostalgia inmerecida. Quizá por eso el tropel de recuerdos volvió de repente, para despedirse de una vez por todas y no volver más. Debía ser así. Rosa le pasó la mano sobre los hombros para abrazarla y trató de animarla.

– Venga, no se ponga triste… que lo va a pasar usted muy bien en la nueva residencia. Verá que pronto se echa amigas; y el montón de actividades que va a poder hacer, con lo bien que está usted…
– Si lo sé, hija. Lo sé –y la miró con ternura, pero aún con demasiada tristeza. Se quedó de nuevo callada, en la misma posición, con la vista perdida, mientras luchaba por decidir levantarse. Rosa pensó que realmente aún tenían algo de tiempo antes de ir a la estación. Sería mejor que la señora Juana se desahogara un poco y pudiera marcharse de allí con entereza.
– Es una casa muy grande, me gusta. Tenían que vivir muy cómodos aquí.
La señora Juana, sin moverse, asintió con la cabeza.
– Sí, a la gente le gustaba mucho. Cuando nos vinimos aquí todo el mundo compraba pisos, pero a mi José Ramón no le gustaban, prefería una casa.
– Pues es una suerte tener una casa así dentro de la ciudad, a mí me encantaría, una casa de verdad y no un piso-ratonera con vecinos y ruidos por todas partes.
– Pero en la ciudad está ahora. Cuando nos vinimos todo esto era campo, éramos viviendas sueltas, con nuestra huerta al lado, y vivíamos muy tranquilos; pero a mi no me gustó cuando llegué, porque me cogía lejos de todas partes y no podía ir a ningún sitio, y me pasaba el día aquí sola sin nadie con quien hablar. Tuvieron que pasar años hasta que esto empezó a coger vida, pero aún se me hacía la casa muy grande, demasiado –y arrastró la última palabra hasta que se desvaneció en el aire. A Rosa le pareció que a la señora Juana no le gustaba la casa, así que no acabó de entender por qué le había entrado aquella melancolía. Sería por su marido, pensó, y en cierto modo así era.

– ¿Y cuándo se vinieron a vivir aquí?
– Pues me casé en el cincuenta y uno, y ya teníamos la casa comprada. Mi marido trabajaba desde muy joven en la fábrica y desde aquí le cogía igual de cerca que desde el centro, por eso la eligió. Así que, echa cuentas de los años que me he pasado aquí.
– Pero se tuvo que casar usted siendo una niña, ¿cuántos años tenía?
– Ay, muchos menos que tú ahora. Yo tenía diecisiete nada más.
– ¿Y por qué tan pronto?
– Porque quería a mi marido, y porque quería irme de mi casa… Mi familia era muy pobre. A mi madre se la comió viva un carbunclo de aquellos, que se decía, cuando yo era pequeña, y las hermanas lo hacíamos todo y cuidábamos de los pequeños. Éramos muchos, pero era una casa triste y silenciosa que me deprimía, y yo creía que aquello se me arreglaba casándome, huyendo de allí. Y mira, me vine a una casa aún más silenciosa -le hizo a Rosa un gesto con la cabeza para que la ayudara a levantarse-. Vamos a lo que hemos venido, ayúdame.

Los cuartos eran muy espaciosos. El salón era alargado y solemne, con una chimenea majestuosa; la cocina amplia y luminosa, con una despensa casi igual de grande. Al no haber muebles ni nada que no fuera parte de la construcción, las habitaciones parecían aún mayores. Rosa se sintió una niña de medio metro entrando en un mundo gigante, desproporcionado, grotesco, y de aspecto lúgubre por culpa del abandono. Podía imaginarse a la señora Juana años antes, sola en aquel enorme salón, en silencio todo el día, mientras esperaba a que volviera su marido, en una escena nostálgica como sacada de una película de época, con ella tejiendo junto a la ventana y escuchando coplas en una vieja radio de válvulas. La anciana tuvo un recuerdo vagamente parecido casi al mismo tiempo, pero con poco de idílico ni memorable. Se le echaron encima de golpe todos los días que había pasado sola en aquel salón, viendo avanzar lentamente las agujas del reloj, cada vez más nerviosa, cada vez más asustada, a cada minuto que se acercaba la hora para que José Ramón volviera a casa. La soledad que recordaba la señora Juana era angustiosa.

Abajo todo estaba limpio, y subieron arriba. Había cinco dormitorios amplios y un cuarto de baño muy sencillo. La señora Juana le fue contando a Rosa cómo había sido cada cuarto, cuál su dormitorio, el de invitados, esto un trastero… y al pasar al siguiente cuarto dejó de hablar y se quedó quieta. Antes de volver se había prometido que no se dejaría vencer por aquel cuarto maldito. Pasaron varios segundos, bastantes, antes de que dijera:

– Y este era el cuarto de mi hijo.

Se quedó como una estatua, como si hasta la última fibra de su ser hubiera quedado congelada. Rosa le cogió la mano y se acercó a ella. La chica estaba extrañada, porque tenía entendido que la señora Juana nunca había tenido hijos. Empezó a olerse por dónde iba aquella historia, que sería mejor no ahondar, pero su curiosidad fue tanta que no pudo evitar una tímida observación.

– Pensaba que no había tenido usted hijos…
– Y no los tuve…- susurró sin parpadear siquiera-. Me quedé embarazada al poco de casarme y preparé este cuarto para mi niño. Le puse una cunita de madera muy bonita, con sábanas y cortinas de buena tela, de color azul clarito, y cuadros preciosos del niño Jesús por las paredes… pero cuando estaba de casi ocho meses me caí por las escaleras y se malogró el niño.
– Lo siento mucho –dijo Rosa entristecida-. No tenía ni idea. ¿Y no lo volvieron a intentar?
– Sí, el cuarto se quedó esperando a que viniera otro niño, y con el tiempo me quedé embarazada otras dos veces, y aborté las dos. Creíamos que era por el primero, que me quedé mal por dentro con aquel golpe. Nos resignamos y no lo volvimos a intentar. A veces pasan estas cosas, y si te toca no hay más que hacer. No te preocupes por mí –dijo mientras su cuerpo parecía volver a la vida-; te agradezco el apoyo, pero ha pasado mucho y ya no duele tanto como antes.

La mujer esbozó una leve sonrisa y Rosa sonrió a su vez. La señora Juana era muy compasiva y no quería que la chica se sintiera mal por su culpa; por eso no dejo que la amargura espesa que la invadía en aquel momento se hiciera notar. Dolía tanto como el primer día. Creyó sentir de nuevo aquel calambre agudo que había traspasado su vientre, como una barra de hierro helada, hasta tres veces. El cuarto del niño nunca tuvo niño, sólo conoció a una madre improductiva que pasaba las tardes llorando junto a la cunita de madera que nunca llegó a estrenarse, recordando los sueños rotos de la niñez en los que imaginaba una casa llena de hijos riendo en el jardincillo. Creía que iba a poder hacerlo con un buen muchacho, José Ramón, que era serio y formal, ideal para ser el padre de su prole y hacer de ella gente de provecho.

A los pocos días de casados, José Ramón empezó a sacar a relucir una personalidad que Juana jamás había visto durante el noviazgo. Empezó a gritarle por cualquier tontería, si la comida se había enfriado, o si la ropa no estaba planchada. Ella siempre había sido muy despistada y a veces olvidaba alguna cosa, o se confundía en cosas nimias, pero él se burlaba de ella constantemente, la llamaba ignorante, burra, imbécil, tonta desmemoriada, y le decía que se le iba a olvidar hasta dónde tenía la cabeza; poco después le pegó la primera bofetada y no mucho más tarde vino la primera paliza. Además bebía, y muchas noches volvía borracho a casa, dando golpes a todo lo que se cruzaba y gritando blasfemias, mientras ella rezaba para que él estuviera cansado y se durmiera pronto sin hacerle nada. Su vida era miedo constante, una pesadilla que se repetía a diario. Aquel matrimonio resultó ser todo lo contrario de lo que ella había soñado, mucho peor que la casa familiar que había dejado casi con prisas. Él jamás se arrepintió de ninguna agresión ni le pidió perdón, al contrario; era un fanfarrón muy dado a amenazar a su mujer con una hostia si ella hacía o dejaba de hacer esto o lo otro. Aún así, durante un tiempo, Juana seguía realmente enamorada y creía que podría cambiarle. Intentaba tener gestos que aliviaran las cosas, pero él jamás los apreciaba. Incluso llegó a mofarse de ella algunas veces, como cuando ella se compró un camisón muy atrevido y le esperó con la habitación llena de velas, sólo para que él llegara bebido y, al verla, le dijera que cuando quería putas se iba al puticlub, y le pegara la paliza que tocaba. Al fin, ella creyó que lo único que le quedaba para intentar cambiarlo, lo único que podría enternecerlo, era darle un hijo.

Durante el embarazo, José Ramón fue dejando de pegar a su mujer a medida que avanzaban los meses. Mientras el bebé crecía la agresividad le fue abandonando, aunque no el mal genio, pero fue suficiente para que Juana se ilusionara y creyera que las cosas podían mejorar. Cuanto más se acercaba el nacimiento las cosas se iban calmando, hasta que, de repente, cuando ella menos lo esperaba, se rompió el futuro para siempre. A falta de un mes para salir de cuentas, José Ramón volvió a casa borracho, dando patadas a las puertas y gritando que iba a matar a alguien. Fue directamente al dormitorio sin hacer caso de Juana, cogió la escopeta de caza y quiso volver a salir. Se veía venir la tragedia, ella no podía permitirlo, con lo poco que faltaba para que naciera el niño y todo cambiara, no podía dejarle salir; escúchame José Ramón, por Dios, no hagas ninguna barbaridad, piensa en el niño; y quiso sujetarle para que no cargara la escopeta, y entonces la golpeó con ella en la cara, y ella cayó y él gritaba que era una puta que siempre le estaba jodiendo, y la golpeó y la golpeó tantas veces que ella perdió el sentido. Se despertó en un hospital, con su marido al lado, muy serio, mirándola en silencio. No le preguntó ni cómo estaba, solamente le dijo que se había caído por la escalera hacía dos días. Ella no pudo contestar nada, mientras se iba dando cuenta de que ya no sería madre y entraba en un silencioso ataque de ansiedad. José Ramón fue indolente. Dijo que esa era la verdad y que era lo que ella tenía que decir. Y si no, la mataría.

A pesar de las amenazas, José Ramón pasó años sin beber y dejó de darle palizas, si acaso alguna torta de vez en cuando, cuando ya no podía más. Nunca más se mencionó aquel niño deseado, ni la noche trágica, y de hecho ya apenas hablaban de nada. Aún así, Juana volvió a quedarse embarazada dos veces más, pero el primer aborto la había dejado inútil por dentro, y sus embarazos pronto se echaban a perder. Tras el tercero se dio cuenta de que Dios no existía. Al poco tiempo volvieron las palizas, y, además, cuando José Ramón se emborrachaba la llamaba seca y se burlaba de su esterilidad. Algo en ella se acabó apagando en esa época. Aceptó con resignación sus circunstancias y se convirtió en una mujer gris y doliente, acorde con su destino. Y así había sido siempre en aquella casa, hasta que murió José Ramón hacía apenas año y pico.

Rosa le dio un beso en la mejilla a la señora Juana, y fue como tenderle una mano para sacarla de los malos recuerdos y devolverla a la realidad. Tenían que continuar y el tiempo se les iba terminando si no querían llegar tarde al autobús. La anciana se dijo que ya había tocado fondo, y que debía borrar aquella tristeza tal y como había determinado. Los malos recuerdos eran una historia acabada, por graves que fueran, y en aquella visita los estaba enterrando para siempre.

– Vámonos niña, aquí ya no tenemos nada que hacer.

Rosa le dio otro beso, la abrazó y le dijo guapa, y que vería que pronto se divertiría y se olvidaría de lo malo, y la señora Juana sonrió y pareció animarse un poco. Fueron bajando tranquilamente, abrazadas, sin volver la vista atrás, y cuando iban a salir la señora Juana se detuvo ante la puerta y recordó que aún quedaba una caja que recoger.

– Ay, hija, me dejo la cabeza, digo, que se me ha olvidado la caja. Está en un altillo en el que no hemos mirado, voy en un momento.
– No hace falta que usted vuelva a pasar –se ofreció Rosa-, dígame donde está y la traigo.
– Que buena eres, Rosita, que atenta. Pero no hace falta, prefiero que vayas arrancando el coche y me esperes allí, así me despido a solas. ¿Verdad que no te importa, flor?

Rosa pensó que sería bueno que la señora Juana tuviera su intimidad y volvió al coche sin objeciones, mientras la anciana se adentraba de nuevo en la oscura casa. Cuando se vio fuera de la vista de la chica y se sintió completamente sola, dejó escapar un suspiro, como si se sintiera liberada de un peso. Ya podía mirar aquel sitio como se merecía, con asco, como el infierno que había sido. Durante toda la visita, con tantas emociones tan fuertes, había tenido que ir con mucho cuidado de mostrar la tristeza, no el desprecio, y morderse la lengua antes de rezar ninguna de aquellas maldiciones de odio que le venían a la mente. Rosa parecía una chica muy inteligente, y cuanto más normal lo viera todo, mejor; no había que hacer tonterías innecesarias, que al final cualquier cosa podía echarlo todo a perder. Con la suerte que siempre había tenido, por puro pesimismo, casi creía que era lo que acabaría pasando, que algo saldría mal y perdería la oportunidad de disfrutar el tiempo que por fin le quedaba para ella, antes de que el cáncer se la comiera como había hecho con su madre.

Había pensado muchas veces, muy convencida, que era curioso que lo mismo que la iba a matar le había enseñado que aún podía vivir, y lo volvió a recordar entonces. Cuando le detectaron el tumor le dijeron que el cáncer era incurable y acabaría con ella, pero que con un buen tratamiento podría vivir más tiempo. No le quedaba mucho de todas formas, de tres a cinco años, nadie podía saberlo. Se quedó conmocionada al escucharlo, en trance, e inmediatamente se vio de nuevo junto a la cama de su madre agonizando entre dolor y quejidos. El médico, muy agradable, trató de consolarla con buenos consejos. Le informó sobre la ayuda psicológica que podía recibir, sobre asociaciones, terapias y demás recursos. La animó a que aprovechara su tiempo, que viajara cuanto pudiera y viese sitios nuevos. Habló sobre la importancia del optimismo a pesar de todo, también por el entorno, para que la familia no sufriera. José Ramón, era su única familia. Los demás habían muerto ya todos, o como si lo hubieran hecho. No había nadie más. Aquel mediodía, durante la comida, le contó a su marido lo que le habían dicho. Él paró de comer un momento, la miró y le pregunto cuanto tiempo le quedaba. Ella anunció el plazo, muy triste, y él se le quedó mirando con cara de lelo, dijo que bueno, todavía te falta, y siguió comiendo. Nada más. Juana conocía a su marido mejor que nadie y sabía lo egoísta y cruel que podía llegar a ser, pero esperaba algún gesto de compasión, después de tanta mierda, por lo menos cuando se iba a morir. En ese momento dijo basta.

Después de comer, cuando José Ramón se fue y ella se quedó sola, la señora Juana se sentó en su sillón y pasó la tarde perdida entre multitud de pensamientos, recuerdos e ideas. Después de una vida tan desgraciada iba a morir de cáncer, como su madre. Ese recuerdo la asfixiaba y le causaba pavor; su madre gritando en la noche, verla consumirse en días, el dolor que le exprimía la vida poco a poco. El médico le había dicho que hoy existían medicamentos paliativos, pero ella tenía esa fobia infantil de la que no podía desprenderse por más que lo intentase. Lo que debía hacer era olvidarse de todo y aprovechar el tiempo, como le había sugerido el médico, hacer cosas nuevas y viajar a dónde le apeteciera, a Roma o a París, como siempre había soñado. A Benidorm, por lo menos. Si José Ramón fuera de otra manera podría hacer aquellos viajes, porque gastaban muy poco. Debían tener dinero de sobra para esos y para más. Ella nunca había sabido nada sobre la economía de la casa, siempre había tenido que ir pidiendo. Pensó en él con rencor liberado de muchos años, en cómo la iba a hacer sufrir hasta la muerte, como había hecho siempre. De todas formas no habría querido que ese malnacido la acompañara. Si ella tuviera dinero le abandonaría para siempre y se olvidaría de su mala sombra, haría borrón y dedicaría su tiempo a disfrutar, porque había muchas cosas por hacer. Lo que le quedaba por intentar para ser feliz parecía estar claro. Estaba decidida. Necesitaba dinero, y le sobraba el hijo de puta de José Ramón. Y al día siguiente, sin que nadie supiera que había pasado, José Ramón desapareció.

La señora Juana se había quedado embobada mirando la chimenea del salón, y había dejado escapar una sonrisa triunfal. Se dio cuenta entonces de que se estaba distrayendo mucho, Rosa podía impacientarse y volver en cualquier momento. Fue a buscar la caja que quedaba, pero en vez de al dormitorio fue hacia la cocina. En la despensa retiró con cuidado unos azulejos en un rincón y destapó el hueco donde la caja la esperaba. Era de madera claveteada, del tamaño de un microondas. La sacó, le limpió el polvo, sacó un destornillador de su bolso, hizo palanca y la abrió sin desclavarla del todo. Del interior salió una pequeña nube de polvo maloliente que al principio no le dejaba ver el interior. La disipó con la mano y se la acercó a la cara.

– Al final nos vamos de viaje –dijo al interior-, porque me da la gana.

Volvió a cerrarla con cuidado, la clavó de nuevo con el mango del destornillador y la envolvió en una bolsa de plástico que llevaba. Volvió a la calle, sin volver la vista atrás, sin decir nada más. Se aseguró de que dejaba la puerta bien cerrada y se fue hacia el coche. Rosa arrancó en cuanto la vio salir, y enseguida volvieron a la carretera, camino de la estación de autobuses y de la libertad.

– La veo más tranquila –dijo la chica-, parece que ha ido todo bien.
– Sí, muy bien –contestó doña Juana con su sonrisa de señora entrañable-. Necesitaba estar sola, por José Ramón.
– Se habrá acordado mucho de él al despedirse de la casa.

Y claro que se había acordado de él, y de su último día, lo recordaba todo como si aún lo estuviera viendo; cómo le había empujado por la escaleras, cómo le había rematado con la pala, cómo lo había cortado en varios trozos en la bañera, cómo lo había quemado casi por completo en la gran chimenea, hasta que sólo quedaron cenizas y huesos chamuscados que tiró a la basura, sin más; y cómo había guardado un recuerdo, para humillar la memoria del muerto con una última burla que aún estaba por venir.

– Me he acordado mucho, –dijo con toda tranquilidad-, pero no voy a pensar más en eso. Ahora voy a vivir mi vida, me voy a ver el mar, que nunca lo he visto. Mi marido me dejó dinero, así que voy a gastarlo antes de morirme, ea.
– Me gusta verla con ese ánimo, claro que sí –añadió Rosa-. Desde mañana a disfrutar del mar. Bueno, no se le olvida nada más, ¿no? Si tenemos que volver a la residencia iremos muy justas, pero da tiempo.
– No, corazón, ya lo tengo todo. Sólo quedaba por recoger esta caja, estoy segura –dijo mientras abrazaba el paquete. Se sentía vencedora y no pudo evitar un último comentario que sólo ella supo cínico-. Ay, mi José Ramón, siempre me decía que acabaría olvidando la cabeza…

Rosa se sintió aliviada al ver que la señora Juana afrontaba con buen humor su situación y miraba la vida con optimismo. Se hizo el silencio y la chica pensó que ojalá todo el mundo fuera capaz de darse cuenta, igual que aquella mujer, de que no importa tanto tener mucho o poco tiempo, sino disfrutarlo al máximo y hacer lo que a uno le hiciera feliz. La señora Juana ya creía ver el mar a lo lejos, donde la llanura se funde con el cielo, y se preguntó si a José Ramón le gustaría el mar tanto como a ella. A él nunca le gustó el pescado, aquel viaje era perfecto.

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(c) Ángel M. Alcalá

 

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