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De primeras, esto es extraño. Voy a contar uno de los casos más increíbles, surrealistas y descabellados que ha conocido la psiquiatría. Para situarnos antes, y evitar burlas innecesarias, debería aclarar algunas cosas más. Lo que voy a narrar -lo digo porque ya me ha pasado antes en otros sitios- será irónico, pero tmabién macabro. Habrá partes en las que den ganas de reír, pero conforme avance la historia la risa se apaga, la tensión crece, el vello se eriza y, por último, un terror frío y tremendo les encoge el estómago. Espero que lo tengan vacío. Están avisados.

Hablo de un terror que es tan horrible por una circunstancia muy concreta. Es un suceso real. Todos sabrán aquello de que nunca se debe tener miedo a ningún monstruo de ultratumba. Eso es cierto como que les estoy hablando ahora. Sólo debemos temer a lo que se mueve a nuestro alrededor. ¿Y quién lo hace? Los vivos. Un muerto nunca vendrá de su tumba a removerte, pero un vivo sí lo hará, y aquellos que destrozaron mis nervios estaban demasiado llenos de vida.

Mi aventura ocurrió en abril del setenta y tres. Entonces yo apenas tenía veintisiete años y estaba desarrollando mi tesis como proyecto final de carrera. Por consejo de uno de mis profesores, me decidí a  hacer una gira para recorrer las clínicas mentales más atrayentes por sus terapias innovadoras. Como la lista era exagerada preferí hacer conjuntos y elimar, hasta elegir el más aproximado a lo que buscaba. Al final no eran demasiados las que reunían las características. La primera en mi lista se encontraba en la región extremeña de las Hurdes, así que me despedí de mi casa para una temporada y me fui hasta Cáceres sin perder tiempo. Desde la allí tenía que idesplaarme hasta un pequeño municipio que ni siquiera tenía transporte público, y después recorrer varios kilómetros más hasta llegar al sanatorio. Tuve que hacer todo el camino en un taxi destartalado durante horas, a trompicones sobre carreteras pedregosas de pizarra negruzca, como quemada.

Cruzamos una alquería que surgió de la nada al torcer un recodo. La impresión que daba la zona era de estar sumida, aún, en la edad media. Cuando yo estuve, excepto el signo de los cables de la luz en algunos pueblos, no vi muchas evidencias de que no vivieran en algún siglo pasado. Pero el viaje no acababa allí. Aún tuvimos que recorrer unos kilómetros más hasta llegar al manicomio.

Cuando llegamos al destino eran las ocho y cuarto y llovía a mares. El taxi me dejó en la puerta y se marchó como vino, a saltos más que rodando. Me quedé allí solo, mirando con pena el coche que se alejaba. A lo peor, allá iba lo único que me recordaría el año en que vivía. Se hizo pequeño bajando por el camino, hasta que se perdió al doblar un recodo. Ya estaba demasiado oscuro, y lo único que podía ver en la boca del lobo eran las distantes luces de dos alquerías aisladas.

Miré la imponente clínica. Era relativamente moderna. El gusto del constructor fue exquisito, pero nada en la casa inspiraba hermosura, nada de nada. El jardín abandonado y yermo, las ventanas protegidas con gruesos barrotes de acero, las paredes sucias y desconchadas. Un auténtico feo de casa. Me acerqué a la puerta y aporreé dos veces. No abrían. Pasé helado cerca de diez minutos. Por supuesto que en esos diez minutos llamé varias veces más, hasta que me cansé de hacerlo. Ya creía que me habían llevado al sitio que no era, porque era seguro que el manicomio estaba en activo. Me resigné a dormir al raso a pesar de que soy bastante miedoso y me sabía algunas leyendas de las Hurdes. Mal sitio había escogido. ¿Vería al niño blanco?

No oí ningún paso, ni sonido de puertas en el interior, pero la de la entrada se abrió sin hacer ruido y no vi salir a un hombre mayor, bien plantado y elegante, con unos enormes bigotes a lo Galdós y unos pequeños quevedos a través de los que me examinaba muy de cerca. Yo torcí la cabeza para mirar a otra parte y me encontré al pantasma en cuestión detrás de mí. Se pueden imaginar, siendo muy nervioso y dado a los sobresaltos, que pegué un bote que si me descuido salto la casa. El pobre hombre se asustó tanto o más que yo, y corrió a calmarme pidiéndome mil perdones. El señor Director, que le gustaba gastar bromillas y a mí me quería dar el susto. Pues nada, bien que lo consiguió, ya les digo.

El Director era uno de los psiquiatras más reputados del país, un avanzado, a lo largo de muchos años, a la hora de curar casos perdidos. Había desarrollado un famoso método calmante de resultados sorprendentes que le había granjeado el reconocimiento de la profesión en pleno. Todos a los que había preguntado acerca de tal eminencia me habían dicho lo mismo: era un genio, un fenómeno de la medicina mental, el auténtico Freud español del momento. Su único defecto era que a épocas se aislaba demasiado en sus investigaciones. En aquel momento, hacía años que nadie sabía nada de él, sólo que su centro seguía trabajando. Cosas de los genios.

Me introdujo en la casa y me llevó a su despacho por largos pasillos sin que viéramos a nadie más. Tras darme una toalla para secarme y un vaso de vino para calentarme, me explicó por encima lo básico acerca del manicomio y su famoso método calmante. Según él -por cierto un tipo más abierto y simpático de lo que yo esperaba-, el método era muy sencillo. Venía a consistir en dar toda la libertad posible a los internos. Los locos no debían creer que iban a un manicomio. Se les hacía creer que estaban aquejados de un mal físico y que descansaban en una simple casa de reposo. Nada más. No se les podía dar otra respuesta si lo que se quería era mantener su mente dentro de unos parámetros estables para luego mejorarla. Además, como siguió contándome, otro factor esencial era seguir la corriente a los paciemtes. Si uno creía ser un perro, no se le administraba más comida que pienso compuesto o huesos. Como era de esperar, el loco no tardaba en salir de su manía y aceptar la realidad por un plato de lentejas.

Entonces noté una paradoja, y en mi ingenuidad la expuse, sin más. Si los enfermos, como acaba de saber, podían moverse por el centro de manera libre, ¿por que no habíamos visto ninguno al cruzar la casa? El doctor enarcó las cejas y meneó la cabeza en gesto de negación. “Hemos desechado el método calmante, era lo siguiente que iba a contarle”, me dijo. Explicó que había sucedido apenas quince días antes de que yo llegara. Habían adoptado uno nuevo, aunque se mostró reacio a darme detalles del porqué. La única respuesta que me dio fue que había sido imperioso volver al viejo método del confinamiento en celdas. Además, la práctica del nuevo método, fusión de las obras de un tal doctor Fritura y del profesor Menudencia con serias variaciones suyas, daba unos resultados fantásticos.

Me interesé en conocer el método en cuestión, claro, pero en aquello empezó a gesticular la cara con tics nerviosos, me informó de que se acercaba la cena y me invitó a seguirle hasta el cuarto que yo ocuparía. Durante el camino estuvo callado, a excepción de algunos rezos por lo bajo que no entendí, pero al llegar mostró de nuevo modales amigables y tranquilos. Dijo que me esperaría a las nueve en el vestíbulo para acompañarme al comedor, y se marchó rápidamente. Aquel hombre resultaba algo extraño. Era demasiado efusivo en sus expresiones verbales y corporales, y me había parecido notarle un brillo extraño en los ojos. Sin duda, haber pasado toda su vida rodeado de enfermos mentales le tenía que haber pegado algo. Es muy común en el ramo.

A la hora convenida yo estaba puntual en el vestíbulo. Sin embargo, allí no asomaba nadie. Me senté en las escaleras que subían al primer piso y esperé. Cuando más tranquilo estaba, y sin aviso, un tipo bajo y delgado vestido con un viejo traje de pingüino, con el pelo ensortijado pero medio calvo, apareció corriendo por uno de los pasillos y pasó por delante de mí como una bala. Antes de entrar en otra galería, saltó y dio la media vuelta sin dejar de mover las piernas. Iba murmurando algo así como “qué tarde es, ay que no llego”, pero muy azorado. Volvió sobre sus pasos y se paró frente a mí. Sin dejar de correr quieto en el sitio me preguntó jadeando: “¿me… me puede… decir qué… qué hora es?”. Yo no le entendía bien y le conteste con un ¿cómo?. Se puso muy nervioso y me volvió a preguntar casi histérico. Me asusté y no me atreví a abrir la boca para responder. Lo primero que pensé es que un loco, ese tío, se había escapado. Le enseñé el reloj con cuidado y el tipo empezó a soltar unos “¡ay madre, que no llego!” muy exagerados, encarriló de nuevo el camino que llevaba en un principio y se perdió a toda mecha por el pasillo.

Me quedé a cuadros. No sabía si avisar al Director o largarme de allí. Entonces llegó éste muy tranquilo por el mismo pasillo del que había salido el loco. Yo estaba muy nervioso, y le conté asustado lo que me había pasado. Soltó una carcajada estruendosa que le duró sobre un minuto. Cuanto más se reía, yo más nervioso me ponía. Por fin, cuando pudo controlarse, me pidió calma y dijo que no tenía nada de qué preocuparme. El loco en cuestión era uno de sus enfermeros, que todas las noches tenía por costumbre correr un poco para abrir el apetito. Lo de la hora, sin duda, era al advertir que no llegaba a tiempo a la cena, ya que era un tipo muy estricto en puntualidad. Aún se reía, mientras me llevaba por el otro pasillo hasta el comedor.

Era una sala muy espaciosa, de unos cincuenta metros cuadrados. En el centro había una gran mesa ovalada, bien dispuesta con cubiertos de plata y vajilla de porcelana. Estaban sentadas en ella unas quince personas. Más allá, pegada casi a la pared del fondo, había incluso una pequeña orquesta de varios músicos con instrumentos de cuerda, viento y percusión.

El Director me invitó a sentarme junto a él a un extremo de la mesa. Me presentó entonces al resto de comensales, la mayoría personas mayores de entre cincuenta y setenta y tantos años. La verdad es que me resultaron un tanto extravagantes, como lo diría… Por ejemplo, todos los hombres vestían traje de pingüino bastante anticuado, como el que corría, al que pude ver unos puestos más allá por mi lado de la mesa. Se notaba que los trajes no estaban hechos a medida, y casi todos venían grandes a sus maniquíes. Las mujeres, a su vez, llevaban vestidos mucho más anticuados que los de ellos, pero no me pararé en describirlos; baste decir que me parecía asociarlos a los años veinte o treinta, muy ceñidos y escotados. Poco favorecedores para las viejas señoras.

Frente a mí, sobre fuentes de plata, había todo tipo de platos. Probé un poco de cada uno, como debe ser, y todos ellos era muy sabrosos. Sin embargo, a pesar de la preparación individual de cada receta y de las salsas, verduras y condimentos que los acompañaban, lo que los hacía sobresalir era la carne. Tenía una textura suave y un sabor casi imperceptiblemente dulce. Sin duda ternero añojo, como mínimo. Delicioso. El Director me miraba con visible satisfacción de que me gustase la cena. Antes de que yo le preguntara, él me pidió mi opinión. Naturalmente, mi contestación fue que todo estaba riquísimo. De nuevo, antes de que yo lo resaltara, se me adelantó y dijo: “¿a que lo mejor es la carne?”. Asentí entusiasmado, y él me comentó que la criaban allí mismo, alimentada únicamente con hierbas silvestres autóctonas. Sólo así se conseguía una textura suave y sabrosa como no había otra. Tomé nota mental, e incluso me decidí a comprarle algunos kilos para llevarme a casa.

Conforme avanzaba la cena me iba dando cuenta del penoso comportamiento de los otros comensales. A pesar de que el Director me había asegurado que eran empleados suyos de toda confianza, no pude reprimir la idea de que en realidad eran locos. Tal vez el Director quisiera ponerme a prueba para comprobar mi agudeza y aún mantenía su broma. Sin embargo, cuando al fin se lo comenté, se irritó y me contestó por lo bajo que cómo se me ocurría pensar aquello. El que se puso nervioso entonces, y se sintió avergonzado, fui yo. Atribuí mis excusas al largo y pesado viaje, que me había dejado agotado. Él pareció calmarse y me pidió, por favor, que nunca hiciera otra insinuación de aquel tipo. Su carácter iba y venía de la ira a la paz en un abrir y cerrar de ojos. Yo pensé, una vez más, que aquel comportamiento debía ser cosa de la edad y del aislamiento hacia la sociedad “normal”, así que no le di más vueltas.

No hubo más sobresaltos por el momento. La cena transcurría muy divertida, con anécdotas acerca de los locos que habían pasado por el manicomio y sus manías. De fondo, la orquesta sonaba sin gran soltura, más estrangulando los instrumentos que tocándolos. Habrán empezado a practicar hace poco, pensé inocente; pero claro, yo aún no sabía nada.

Durante la cena, entre platos que llegaban y copas y más copas de vino con las que parecían querer emborracharme, terminé hinchado y con una considerable melopea. Pero no era el único. Casi todos los demás habían bebido más de la cuenta y estaban colorados, contando chistes absurdos y haciendo el indio como críos. El Director me señaló a un viejo que saltaba sobre su silla soltando coces a mansalva y me dijo que era el cocinero esa noche. Aquello me extrañó más, pues yo creía que debían tener cocineros propios en el sanatorio. Le pregunté eso mismo y contestó que no tenían cocineros porque los anteriores se habían vuelto locos. Quedé asombrado, pero a la vez divertido por la aclaración.

Entonces me explicó su método. Todo se basaba en encerrar a los locos en celdas y darles alfalfa, tomillo y romero como único alimento. Me aclaró que adoptaban esa medida fuera cual fuera el comportamiento del sujeto, y que rápidamente se conseguían unos resultados exquisitos. Se sacaba mucho mejor provecho de los pacientes con aquella técnica. Me contó que la habían adoptado a raíz de una rebelión de los locos. Yo estaba intrigado y le metía prisa para que me contara más. Según dijo, los locos mataron y despedazaron al personal uno por uno y los guardaron en la cámara frigorífica de la cocina. Luego, un día que un imbécil fue a visitar el manicomio, prepararon una opípara cena con la carne de los muertos y la sirvieron al visitante. Yo escuchaba con los ojos desorbitados y escandalizado, pero aún así pedí al Director que prosiguiera. Y lo hizo, contándome que cuando el visitante hubo cenado hasta saciarse, lo capturaron, lo mataron y se lo comieron crudo en el sitio. Horrorizado, le pedí que parase. Me impresionaba la idea de estar en el mismo lugar donde había ocurrido aquella atrocidad. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue llamar de nuevo a un taxi e irme de allí, pero era una idea infantil y absurda.

De repente, noté como el Director me agarraba con fuerza el brazo derecho y el hombre sentado junto a mí el izquierdo. Al principio no entendí nada, pero al ver a los asistentes enarbolar sus cuchillos y tenedores, mirándome, enajenados, comprendí lo que pasaba: los locos no habían sido finalmente reducidos, eran mis compañeros de mesa, y yo era el visitante que se comieron. Vomité sobre mi regazo hasta la primera papilla automáticamente. Me revolví como pude, cayendo al suelo, y aunque se me echaron varios encima conseguí zafarme y escapar. Salí corriendo al vestíbulo, pero la puerta estaba cerrada. Volví sobre mis pasos y entré en el despacho del Director. Cuando casi los tenía encima arrojé una silla contra la ventana y escapé por ella. Gracias a Dios no me siguieron. Vagué durante varios días por el campo hasta que me encontró una patrulla de la guardia civil. Todo me parecía irreal, una mala pesadilla. No es fácil asimilar algo como aquello.

Puse la conveniente denuncia y, tiempo después, supe que los locos habían sido detenidos. Habían asesinado y comido a todo el personal del manicomio: guardias, enfermeros y director. En cuanto a él… resultaba que el famoso doctor se había vuelto loco meses antes y había sido internado y sustituido por otro médico que para mi visita podría estar sobre la mesa. Por desgracia, cuando elegí su manicomio nadie tenía noticia aún de ese dato. Pero miren ustedes, que lo mejor de todo es que, una vez reposadas las ideas, la carne estaba de escándalo, vaya.

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(c) Ángel M. Alcalá

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Divertimento realizado para una antología en homenaje a Edgar Allan Poe que nunca vió la luz.  Pretende ser una libre adaptación del magnífico cuento The system of Doctor Tarr and Professor Fether. Sin pretensiones, con humildad y desde mi admiración al Maestro.

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