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Expedición inglesa al Everest de 1924. De pie, primero y segundo por la izquierda respectivamente, Andrew Irvine y George Mallory, posiblemente los primeros hombres en coronar la montaña. El cadáver de Mallory fue descubierto en 1999 y permanece intacto en ese mismo lugar, conservado por el frío. Irvine, que portaría la cámara de fotos que contendría imágenes de la supuesta cima, aún no ha sido hallado.

Expedición inglesa de 1924 al Everest. De pie, primero y segundo por la izquierda respectivamente, Andrew Irvine y George Mallory, posiblemente los primeros hombres en coronar la montaña. El cadáver de Mallory fue descubierto en 1999 y permanece intacto en ese mismo lugar, conservado por el frío. Irvine, que portaría la cámara de fotos que contendría imágenes de la supuesta cima, aún no ha sido hallado.

La suerte está echada. De nuevo por última vez avanzamos por el glaciar de Rongbuk en pos de la victoria o de la derrota final“.
Últimas anotaciones de George Leigh Mallory, junio de 1924.

Silencio. Sed respetuosos. No pódeis hacer otra cosa. Cualquier sensibilidad humana debe estremecerse bajo la presencia totalitaria de la montaña, la roca primordial que nos ignora y nos recibe con desdén. No somos nada para ella, ni piojos intentando subir a un elefante.

La montaña es mucho más que eso, casi no podemos ni darnos cuenta de todo su significado. Es el gran dios elemental que aún disfruta la siesta y aguarda, sin prisa, tiempos más propicios para desperezarse a gusto. Sólo hacemos nuestra vida porque duerme, porque en este momento no necesita cambiar de postura, porque no tiene cosa mejor que hacer que nos afecte. Más vale que nada, ni humano ni ajeno, nada en absoluto, provoque un estertor antes de tiempo; y menos todavía que, por un mal caso, despierte de su sueño como de una pesadilla, en una explosión de magma y cólera desatada.

Mucho saben los hombres, aprendido desde que tienen memoria, que poco pueden hacer para protegerse si la montaña despierta con ira. Así pues, subid en paz y guardad silencio. Por vuestro propio bien. Sed respetuosos.

Ojalá que sigamos siendo insectos. Ojalá que sigamos siendo tan poca cosa a su lado, tan inofensivos, como para que nos deje hollarla sin estremecimientos; con la condición de ascender sin dejar rastro, hacia la paz con la roca surgida de las profundidades.

Es así cómo el montañero busca en el reto del ascenso la paradoja en pendiente contraria, el descenso al infierno más profundo y oscuro que se pueda esconder en su propio interior. Sólo así podrá trascenderse a sí mismo y superar sus límites. Sólo así podrá declararse apto en su lucha contra la montaña, y acaso esté un poco más cerca de hacerlo en la lucha con la vida misma. He ahí la verdadera forma de crecer como persona, de evolucionar de manera psicológicamente sostenible, la auténtica forma de ganar el cielo.

Silencio ante vuestro más anciano antepasado. Esas rocas desnudas entre la nieve son los auténticos rostros de los primeros tiempos de la tierra, y aquí seguirán cuando nuestra especie no sea ya ni un recuerdo flotando por el planeta. Los grandes golems de piedra y hielo primigenio nos miran pasar sin alterarse, indiferentes, y no tienen que hacer esfuerzo alguno para provocar en los hombres y las mujeres de bien un escozor extraño en la nuca, un peso invisible que aplasta el ambiente, que desplaza el aire, que asfixia toda emoción que no sea sentirse pequeño. Basta con el peso de sus siluetas y sus sombras colosales fuera de toda medida, para expulsar el aire de nuestro alrededor y provocarnos un jadeo lastimoso que se disuelve con nuestro exangüe vaho, y que nadie podrá escuchar nunca enmedio de la ventisca.

Quien vaya en paz será quien pueda encontrarla en su viaje. Más vale estar prevenido. No se puede saber si, de repente, entre las brumas que crean las nubes al desgarrarse contra la montaña, nos toparemos con el fantasma de alguna de nuestras vidas pasadas o futuras, que una vez perdió -o perderá- el sendero que le conducía a su propio centro. El alma de cada montañero, vivo o muerto -pues el muerto siempre vive en la montaña para guiar a otros donde él no tuvo suerte-, vaga por estas laderas heladas, desiertas de vida, buscando quién le dé una palmada en la espalda, unas palabras de aliento y un trago de buen whisky americano.

No puede haber reto más grande que enfrentarse a lo eterno, pues es la única forma de conocer nuestro verdadero tamaño respecto al mundo, nuestra verdadera importancia, nuestra relativa importancia, aceptarla y asimilarla. Sólo así podremos estar preparados para el mayor y más peligroso de todos los retos: enfrentarse con la propia sombra en un duelo en un desfiladero blanco. El infierno, si es que existe, debe ser un desierto blanco de frío y hielo infinito, y no puede haber peor demonio para nosotros que nosotros mismos.

Sólo nos queda enfrentar a la montaña desde el honor. Desafiar a la Tierra en un duelo entre caballeros. Subir hasta el cielo es requisito necesario para tomar consciencia de cómo debe ser el infierno. Nunca lo olvides.

Ahora, silencio, y aguardad con paciencia. El Ragnarok comenzará, tarde o temprano, en lo alto de una montaña.

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(c) Ángel M. Alcalá

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