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Robert Capa.

Robert Capa.

La fila era tan larga que nadie sabía con certeza a dónde conducía. Debía tener dos extremos, pero el principio quedaba demasiado lejos todavía y el final se alargaba más rápido de lo que se avanzaba. Cualquiera que llegaba el último veía cómo la línea de gente tras de sí tocaba el horizonte en pocas horas. No era fácil encontrar a nadie en aquella hilera que recordase cuántos días llevaba ya esperando su turno. Meses, tal vez. Se avanzaba poco, con mucha lentitud.

La espera era discreta, silenciosa. Las conversaciones, cuando las había, eran cortas y quedas, no más que susurros. La gente no sabía cuánto tiempo podía quedarles para que les llegara su turno. Cualquier desgaste innecesario podía dejarlos a la mitad del camino.

Sólo decían: “al final está la salvación”. “¿Y quién lo dice?”. “Todo el mundo. Todo el mundo lo sabe”, y quedaban satisfechos con esa respuesta, como si dejaran su suerte en manos de la providencia. Aún después de todo lo que había pasado.

Muchos se desplomaban inertes. Muertos de súbito, de puro desgaste. Exhaustos, pieles vacías de vida, huecos como la camisa de una culebra. La gente se desvanecía, aquí y allá, y nadie hacía nada por ayudarles. La mayoría miraba hacia otra parte. Algunos no podían dejar de mirar fijamente los cuerpos resecos. A los caídos los apartaban de una patada, y quedaban a un metro escaso de los vivos.

Había familias enteras guardando su sitio, o lo que iba quedando de ellas. Comenzaban parejas, o padres e hijos, o tíos con sobrinos huérfanos a su cargo. Eran pocas las que permanecían completas hasta el final. Muchas madres habían dejado la cola para atender a sus hijos agotados. Más duro resultaba ver, de vez en cuando, cómo otras apartaban el cadáver del suyo a un lado, desechas de dolor. Alguien había ido cubriendo los pequeños rostros con prendas de ropa, o con jirones de tela que traía el viento de entre los escombros. Ni un solo niño muerto permanecía destapado, mientras que muchos de los cuerpos adultos se descomponían a la vista de todos. Casi nadie vomitaba ya, bien porque no quedaba nada que vomitar o bien porque ya se habían acostumbrado a la barbarie. A medida que se avanzaba en dirección a la meta, a partir de un punto había casi tantos muertos junto a la cola como gente en ella.

Si alguien dejaba su puesto ya no podía volver a él. Los de la fila no se lo permitían. Si insistía usaban la fuerza, hasta el linchamiento si era necesario.

Una vez al día una camioneta blanca paraba en cualquier lugar, al lado. Dos clérigos tonsurados se bajaban de ella y preguntaban si alguien era familiar de los muertos. Si había alguno, le pedían la misericordia para su muerto y se ofrecían a darle cristiana sepultura. A los cedidos y a los que nadie reclamaba los recogían sin más y, una vez llena de cadáveres la camioneta, partían hacia Dios sabía dónde. También había familiares que no consentían el entierro, porque habían llegado rumores por la fila de que aquellos cuerpos no iban a ir para los gusanos.

El mundo estaba finiquitado y se había vuelto loco. No cabía vuelta atrás.

La anarquía mandaba sin rival y la fila, para bien o para mal, parecía ser el último resto de orden que aún se mantenía. Cómo sería la salvación. Qué habría al final de aquella fila eterna.

“Al final está la salvación”. “¿Y quién lo dice?”. “Todo el mundo. Todo el mundo lo sabe”.

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(c) Ángel M. Alcalá

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