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Fotografías de una ciudad fantasma 01

Alexey Titarenko, serie “La ciudad de las sombras”.

No tenía nada que perder. Ya no estaba ella, y nada más le ligaba a aquel sitio moribundo.

Anduvo entre las últimas casas de la ciudad mirando los bloques de edificios como si nunca los hubiera visto antes; deseaba no volver a verlos nunca después. Eran feos y grises, cubiertos con esa costra de suciedad que emanan las grandes ciudades, mezcla de hollín y polvo que arrastra el viento por las calles. Casas, así las llamaba la gente, pero él sabía que aquellas moles de cemento no podían ser casas. Una casa era lo que su familia había tenido en el pueblo, un hogar donde sus recuerdos se mezclaban con el olor a madera añeja de las vigas descubiertas en el techo, un sitio común donde los pasos de sus padres, los suyos propios y los de sus hijos –si había de tenerlos- señalaban el camino hacia una identidad propia. Aquellos edificios de la ciudad, ocres y sucios, forrados de ladrillo caravistero descolorido, no eran casas. A él le parecían celdas donde confinar la poca imaginación que la ciudad dejaba usar a sus moradores, porque en la ciudad no estaba permitida la imaginación.

Nadie vivía para sí mismo, aunque lo creyesen con la convicción del que ve un río y sabe que su cauce, tarde o temprano, desemboca en el mar.

En la ciudad la libertad aparente de cada cual sólo era eso, apariencia.
No hay nada bueno en ella. Sólo personas.

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(c) Ángel M. Alcalá

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