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David Yeste

Tus ojos, mis manos, y otros desiertos.

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Sé que convive
una multitud
sumergida en mí.
Una comunidad de vecinos
mal avenida, una jauría
de peros rabiosos.

Por eso el animal, la bestia,
enjaulada en mis costillas,
clava en mi carne
sus zarpas, y me urge
a clavar mi carne en la tuya.
Sin tregua ni consuelo

Me conmina, también,
el demonio que estira
de mis tendones
a prender fuego a los libros
y a las razones.
Y el ángel que me habita
le jalea y aplaude,
avivando la hoguera
con el batir de sus alas.

El viejo músico despierta
para empujar mi voluntad
a estampar todas las guitarras
contra la misma pared.
Las que salvé
de naufragios anteriores.

Y el poeta aguarda turno,
apremia mi mano al ensayo
de la inútil caligrafía
de la historia universal
del pulso
en la piel que se extiende
entre tu pecho y tu ombligo.

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costillas

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