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Si tuviera la mínima idea del porqué de todo esto no dudaría un segundo. Me largaría tan lejos del problema como pudiera y no volvería más. No sé. No sé si me limitaría a marcharme. Quizá llegará un momento en el que mi cabeza se vaya a la mierda del todo. Si llega ese día quiero matarme. No hablo por hablar, lo digo convencido: llegado el caso me pegaré un tiro en la cabeza, me dejaré caer por la ventana o me tragaré una caja de pastillas.

Llevo varios días sin salir de casa. No tengo comida, pero tampoco fuerzas para bajar a la calle. Apenas si me he movido de la cama. Me veo en el espejo de la pared de enfrente y me doy tanto asco, físico y mental, que no aguanto dos segundos con la vista fija en mi imagen. Tengo pinta de vagabundo; huelo peor que cualquiera de ellos. Cuando me levantó para ir al baño tropiezo a cada paso con latas de sopa vacías, ropa sucia y muebles volcados, los que pateo cuando no puedo más. Luego, al mear, me llega un nauseabundo olor a podrido que proviene de mi propia orina. No tengo fuerzas para lavarme, ni para comer, ni para limpiar, ni para llamar a una puta y olvidarme de todo un rato. Aunque hiciera eso, no creo que hubiera puta capaz de estar conmigo y no vomitar de puro asco.

No merezco lo que estoy sufriendo. No he sido San Francisco de Asís, pero nadie lo es y no pasa por esto. No he hecho nada para tener que estar jodido de esta forma. Es más; no creo que haya crimen entre los hombres que lo merezca. No, nadie ha pasado nunca por lo que yo. Y si alguien lo ha hecho ha sido por propia voluntad, sé que han podido elegir. Pero yo no pude hacerlo, no. Yo nací predestinado.

Soy hijo de Dios sabe qué o quién. Nací en el hospital de Arkham, Massachusetts, la noche del 3 de Agosto de 1928. Como supe mucho después, sucedió en el momento exacto en que el ser llamado Wilbur Whateley, ni siquiera un hombre, era muerto a mordiscos por el imponente perro guardián de la universidad de Miskatonic. Poco antes mi madre había llegado al hospital chorreando sangre por la vagina, sucia y drogada, sin ningún tipo de documentación que aclarase quién era. Murió mientras la llevaban a todo correr a la sala de partos. Nací de una madre muerta. La causa del fallecimiento fue una hemorragia espontánea de la pared uterina. Después de aquello, los médicos tuvieron otro problema: había que poner algún nombre en el acta de defunción. Cuando se realizaron las pesquisas pertinentes se descubrió que la chica era una puta de Aylesbury que apenas llegaba a los dieciséis años. A saber quién era mi padre. Sin embargo, al interrogar a sus compañeras, la policía descubrió que era retrasada mental y que había surgido de la nada nueve meses antes. Durante el embarazo se refería a mí como “el esperado”, y por las noches, cuando no se estaba acostando con algún viejo paleto, se sentaba sola en el porche y entonaba nanas de tono lúgubre, en una lengua que nadie conocía, mientras se acariciaba el vientre.

Me enteré de esto a los veintiún años, al llegar a la mayoría de edad. Y no me resultó extraño. Como que ya me esperaba algo así. No era una sensación racional; lo sentía. Desde que recuerdo sufro pesadillas de las que, de niño sobre todo, me despertaba entre chillidos y llantos aberrantes. En la más común de ellas me veía a mí mismo sentado en lo alto de una montaña. Desde allí era capaz de contemplar todo el territorio que me permitía la forma esférica de la tierra. A un lado había grandes y verdes selvas; al otro podía ver amplios desiertos. Y sentía que todo era mío. Mientras escrutaba aquella vista inabarcable notaba sobre mí un sonido atronador, y al mirar arriba veía nubes como el hollín que se arremolinaban a velocidad sorprendente sobre un punto del que salían relámpagos rojizos. Pero no les acompañaban truenos, sino voces inhumanas.  Eran sonidos sin definición posible, pero yo era capaz de entender lo que significaban. Mencionaban a Sub-Niggurat, a Yog-Sothoth y a Cthlhu, luego a Dagón, Kadath e Iä, y por último a mí. ¡A mí! Era entonces cuando notaba que mis manos rezumaban energía, y al mirarlas encontraba dos extremidades húmedas cubiertas de escamas y ventosas. Luego veía el resto de mi cuerpo: la piel de mi pecho correosa como la de un cocodrilo, mis piernas eran patas de lagarto cubiertas de pelo negro y áspero, y mis genitales eran desmesurados tentáculos púrpura que chorreaban por sus poros un ácido esperma azulado que quemaba la tierra. Y lo mejor de todo es que no supe de la existencia de algunos de los animales de aquel puzzle hasta mucho después.

De un tiempo a esta parte me ataca una pesadilla nueva. Me veo a mí mismo corriendo desnudo por un espeso bosque de alta montaña. Corro con ansia, como si me persiguieran, pero sé que nadie viene tras de mí. Atravieso la maleza como una bestia, paso entre zarzas y espinos sin protegerme, dejo que las espinas se claven en mi carne y la desgarren. Corro durante largo rato, sin fatigarme jamás, hasta que llego a un claro del bosque, de suelo yermo sin un hierbajo. En el centro mismo hay una especie de altar que parece llevar ahí miles de años, una barbaridad, y yo me subo encima y me acuesto en su helada superficie en posición fetal. Me siento reconfortado, agusto. Es una sensación muy parecida a la que experimentaba con mi exmujer, en la cama, al principio de estar casados y antes de que me abandonara por loco. Supone saberme protegido y sentir que en ese instante nada puede sacarme del bienestar. Luego, una mano me acaricia la cabeza con ternura, y yo sonrío y miro a quien lo hace. Sentada junto a mí, con las piernas cruzadas, está una criatura de forma humanoide pero de rasgos más cercanos a los de una rana que a los de una persona. Su mano viscosa me acaricia ya no sólo la cabeza; va bajando por mi espalda y por mi costado hasta que llega a acariciar mi sexo, y la sensación que me da es mil veces superior a cualquier orgasmo que haya tenido nunca.

Mientras me acaricia susurra palabras a mi oído, con voz melosa que me despierta una atracción irresistible, y me dice: “reposa y aguarda, vástago de los ancianos, con la paciencia del ser divino que eres, el día en que las aguas se vuelvan rojas y el día se haga noche, y entonces sube con tu prole a la cima del mundo y levanta con ella la escalinata que pisarán los Arcanos a su regreso”. Entonces me tumbo boca arriba, la rana se monta sobre mí y copulamos durante horas. El orgasmo en el que culminamos es tan intenso que no he vivido nada parecido antes. Muy, muy doloroso y muy, muy placentero. Entonces mi amante se levanta y me dice: “se acerca el día en que tus descendientes que engendraré te ayudarán a abrir la puerta que aguarda a los mismos que la cruzaron por última vez. El exilio toca a su fin. El camino está ya pavimentado con las almas suficientes. En el momento en que los eternos vuelvan al plano que les corresponde por derecho propio, tú serás uno de sus preferidos y tendrás pleno poder sobre todas las cosas de la Tierra. Regocíjate, hijo de dioses. Tu recompensa será grande”.

Recuerdo la pesadilla escena por escena y palabra por palabra, y prefiero no saber por qué.

Todos los sueños que he tenido han sido del estilo de estos dos. De pequeño todo se podía explicar por mi imaginación hiperactiva, pero yo siempre tuve la certeza de que no eran simples sueños. Eran reales. Cuando me despertaba me sentía fatigado y lo recordaba todo, como si lo hubiese vivido en carne el día anterior. Todos estos sueños siempre me dieron miedo, mucho miedo, pero este último, el de la puta rana, se repite una y otra vez, noche tras noche, y ahora sé lo que es de verdad el pánico. A eso viene todo el fatalismo del inicio, lo de que si me volviera loco me mataría. Tiene su buena base. Desde que empecé a tener el sueño pienso cosas raras, unas tonterías desproporcionadas que… yo que sé… ¿Me habré vuelto ya loco? A veces creo que me gustaría salir a la calle y liarme a tiros con todo el que me pase por delante, y lo considero muy en serio, lo juro. Gracias a Dios aún tengo la lucidez suficiente para no hacer ninguna gilipollez. Pero pienso en muchas monstruosidades más, como ejecutar un asesinato de masas envenenando algún depósito de agua con amoníaco puro. Prefiero no pensar en eso mientras aún pueda evitarlo. Sé que en algún momento empezaré a delirar, y entonces…

Pero esto no es lo único que me pasa. Los sueños y los delirios no podían ser suficiente, ¿verdad? Tiene que haber algo más que redondee la jugada, y desde luego que lo hay. Ya ni delirando ni durmiendo, me vienen a la cabeza conceptos extraños que nunca había conocido, pero que tengo la certeza de que son reales. Tengo unos soliloquios filosóficos que se me hacen inabarcables, como le ocurre a uno cuando le da por filosofar yendo borracho pero mucho más exagerado. Y lo peor es que creo comprenderlos. La verdad es que no hay palabras en ninguna lengua viva para describirlos, pero se me transfieren unas ideas descabelladas que no creo que nadie sea capaz de imaginar; significaciones de las energías del universo como entidades, poder en un estado monstruoso. Ese es el auténtico Apocalipsis. Son una especie de dioses que lo son todo y a un tiempo nada, algo así como los creadores del mundo pero que, por contra, quieren ser sus destructores. Suena a demencia, pero todo es así, contradictorio pero con un sentido aplastante. No hay palabras para explicarlo, pero yo lo entiendo perfectamente.

No sé que va a pasar mañana. Sigo en mi cama, oliendo a perro y meándome encima por no levantarme para ir al baño. Espero seguir así hasta que pase algo, que me muera o que alguien me ayude como mejor pueda, pero por Dios, no quiero volverme loco del todo, no quiero saber nada de ranas que me violan, ni de ancianos hechos de energías destructoras, y desde luego no quiero ir al puto techo del mundo a recibir a los putos ancianos. Me quedaré aquí, en mi cama, con mi pistola bajo la almohada, cargada y lista para disparar dentro de mi boca en cuanto se me ocurra levantarme. ¿Y sabéis que es lo peor de todo, pero lo peor de veras? Que tras todo lo dicho, sé que dentro de nada, días, puede que pocos minutos, cuando los ancianos me requieran, me levantaré, me guardaré la pistola en el pantalón y me iré a buscar a “mis hijos”. Caiga quien caiga.

Cuando eso ocurra tened en cuenta que ya no seré yo. De uno u otro modo, quien os habla ahora ya no existirá. Yo… os pido perdón y lamento lo que va a pasar. Lo lamento hasta el punto de volverme loco.

He vivido lo mejor posible. Intentaré que sea igual en mi muerte.

A quien lo lea:

Robert Fontaine

12 de Diciembre de 1961

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(c) Ángel M. Alcalá

 

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